El arte de hacer llorar 27 Noviembre 2009
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En una entrevista que le concedió a James Lipton para Inside the actors studio, Anthony Hopkins explicó que el buen actor dramático se destaca no porque sepa llorar en cámara sino porque sabe provocar el llanto (en los espectadores) sin (él) derramar una sola lágrima. La autora de este post recuerda cuatro escenas que respetan esta máxima, y cuenta una segunda anécdota con la intención de ilustrar la lección de Sir Tony.
Secretos y mentiras de Mike Leigh.
Cynthia Rose (Brenda Blethyn) acepta encontrarse con quien dice ser su hija entregada en adopción hace más de veinte años. Sentada a la mesa de una confitería, esta mujer blanca, de condición humilde, apenas puede sostener su taza de té cuando Hortense (Marianne Jean-Baptiste), de raza negra, le muestra la documentación que prueba su filiación.
Bleu de Krzysztof Kieslowski.
Julie (Juliette Binoche) no siente nada por la repentina (y trágica) muerte de su marido. Contrariada por este “efecto anestesia”, la viuda araña las paredes que la escoltan mientras camina: parece apostar a que el dolor físico le abra las puertas al dolor anímico.
En busca del destino (o Good will hunting) de Gus Van Sant.
En la última sesión, el Dr. Sean Maguire (Robin Williams) repite tres veces “it’s not your fault”. El paciente Will Hunting (Matt Damon) atina a contestar “I know” pero se resiste a aceptar la liberación de culpa y cargo.
Gente como uno de Robert Redford.
Desde las escaleras de su casa, Beth (Mary Tyler Moore) sorprende a Calvin (Donald Sutherland) sentado en la penumbra, reflexivo. Le pregunta qué le pasa. Su esposo le explica que después de todo lo sucedido (el accidente fatal de un hijo, el intento de suicidio de otro) la desconoce, que no está seguro de seguir queriéndola.
Curiosamente, también en una charla con Lipton, Sutherland padre contó que existieron dos versiones de esta escena. De hecho, en la primera dijo su parlamento llorando, y en la segunda lo hizo sin derramar una lágrima.
Tras repasarlas y compararlas, tanto el actor como el director Redford llegaron a la conclusión de que la interpretación “en seco” conmovía mucho más. La segunda fue entonces la versión definitiva que quedó “impresa”.
Los amantes 26 Noviembre 2009
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A diferencia de otros films cuyo protagonista termina eligiendo entre dos amores, Los amantes nos evita el tedio de la previsibilidad o al menos nos mantiene en ascuas hasta último momento. De hecho, aún cuando podamos anticipar algún gesto o reacción, los espectadores nunca estamos del todo seguros de lo que sucederá y -vaya acierto- lo que sucede (cuando por fin sucede) no resulta descabellado.
Escrito/leído así, parece poca cosa (en principio toda película debería cautivarnos sin concedernos el poder de predecir y sin apelar a vueltas de tuerca forzadas). Pero el mérito de James Gray aumenta cuando lo descubrimos contar una buena historia mientras camina por la cornisa del estereotipo y el lugar común.
Un hombre víctima de un desengaño amoroso, medicado por bipolar, alojado en casa de sus padres; una mujer rubia (entre desprejuiciada y desequilibrada); una mujer morocha, (madura, segura, estable, buen prospecto de esposa y madre); dos familias judías en plan de negociar la fusión que garantizará el bienestar económico y sentimental de sus hijos son categorías útiles a la elaboración de un esquema apto para melodrama*.
Sin embargo, el director y guionista norteamericano se las ingenia para preservar a Leonard, Michelle y Sandra del triángulo exclusivamente carnal y de la tragedia griega que exigen sangre, sudor y lágrimas. El desenlace resume esta intención de aproximación discreta, nada sentenciosa ni rimbombante, y sin embargo subrepticiamente angustiante.
Si ésta es realmente su última actuación, Joaquín Phoenix cierra de la mejor manera su carrera cinematográfica (aquí se luce tanto como cuando encarnó a Johnny Cash en Johnny & June y a Jimmy Emmett en Todo por un sueño). A su lado, se destacan Vinessa Shaw, Moni Moshonov e Isabella Rossellini mientras Gwyneth Paltrow convence más que de costumbre.
De las producciones estadounidenses estrenadas en nuestra primavera, Los amantes es quizás una de las más interesantes. Por lo pronto, a diferencia de otras propuestas con temática similar, ésta respeta nuestra inteligencia.
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* También apto para comedia. Lejos de las fórmulas hollywoodenses, imaginen la película que filmaría Woody Allen con estos arquetipos.
500 días con ella 23 Noviembre 2009
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Hubo un tiempo en que deconstruir la cronología de un relato, recrear escenas de otros films, parodiar el discurso mediático, dirigir la mirada del protagonista a cámara eran recursos propios de un cine innovador, transgresor según la ocasión. Desde este punto de vista, si se hubiera estrenado años (tal vez una década) atrás, 500 días con ella habría embobado a un público todavía sensible a la novedad. Hoy, en cambio, la película de Marc Webb dista de sorprender entre tantos antecedentes cuyos recursos -antes originales- ahora conforman una fórmula más.
La impresión de déjà vu aumenta cuando, a la oficialización de cierta norma indie, se le suma otra tendencia igualmente generalizada y por lo tanto palpable: la recreación de historias atentas a describir el (des)amor -la “monogamia serial” sostienen algunos- que viven las generaciones X, Y, Z.
La crónica fragmentada de las idas y vueltas que (des)vinculan a Tom y Summer recuerda inevitablemente el rompecabezas inimitable que Michel Gondry filmó para contar la intrincada historia de Joel y Clementine. El discurso entre autobiográfico y periodístico-documental parece inspirado en el testimonio de Jane para la olvidada Alguien como tú. El final con mirada cómplice a propósito de una posible segunda oportunidad remite al jueguito de cejas que hace Heck al término de Imagínanos juntas.
Hasta las intervenciones de una hermana menor más sabia o sensata que cualquier adulto tienen su antecedente: curiosamente, también en la mencionada comedia británica. Y, por supuesto, el baile montado en honor a la felicidad del primer encuentro sexual le rinde homenaje a todo un género dedicado a explotar el amor en términos musicales y coreográficos.
Los espectadores capaces de ignorar tantas coincidencias encontrarán en 500 días con ella una película entretenida, bien editada y actuada (a Joseph Gordon-Levitt y Zooey Deschanel sus personajes les sientan muy bien, mucho mejor que el Richie de El ave negra y la Allison de ¡Sí señor! respectivamente). También valorarán la importancia asignada a una banda sonora compuesta por hits tan entrañables como “She´s like the wind” entonado por el difunto Patrick Swayze y tan cool como “Quelqu’un m’a dit” de Carla Bruni.
Los memoriosos, en cambio, extrañamos con nostalgia aquella época en que deconstruir la cronología de un relato, recrear escenas de otras películas, parodiar el discurso mediático, dirigir la mirada del protagonista a cámara eran garantía de verdadera innovación.
Copiones 20 Noviembre 2009
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Después del gol non sancto que el crack Thierry Henry les metió el miércoles pasado a los irlandeses (en consecuencia descalificados del Mundial de Fútbol 2010), los franceses también hablan de la “mano de Dios“. La tapa de L’équipe (un símil de nuestro Olé) da cuenta del plagio.
Caín 19 Noviembre 2009
Posted by María Bertoni in Literatura.3 comments
Tal vez interesada en la cantidad de público que suelen convocar las pre/secuelas de films taquilleros, Alfaguara presenta el último libro de José Saramago como apéndice del genial Evangelio según Jesucristo : si en ese texto de 1991 el escritor portugués “dio su visión del Nuevo Testamento, en Caín regresa a los primeros libros de la Biblia”, sostiene la solapa de la encuadernación amarilla. Así como Hollywood, la editorial promete la continuidad de un éxito que ni el mismísimo autor puede replicar.
Esta segunda ucronía teológica desencanta no sólo por el notable contraste con un antecedente insuperable, sino porque da cuenta de un Saramago menos riguroso y más caprichoso, menos sutil y más burdo, menos insidioso y más buscapleitos, menos ateo y más hereje. Aún así, es decir, aún cuando parece haberse convertido en su propia caricatura, quien obtuviera el Premio Nobel de Literatura en 1998 conquista a partir de su prosa siempre aceitada, rica, originalmente puntuada.
Bendita sea su fiel traductora -y, dicho sea de paso, esposa- Pilar del Río.
Hecha la (justa y necesaria) reivindicación, cabe agregar que Caín le roba a la industria hollywoodense algo más que el marketing de continuidad. A saber: la posibilidad de volver al futuro (el mítico hermano de Abel viaja en el tiempo e interviene en los distintos presentes/episodios bíblicos), la estereotipación del mal (en El evangelio… Dios se comporta como un político ambicioso; aquí como un villano perverso, hecho y derecho), el despliegue de boutades y guiños bastante obvios, la infaltable moraleja del final.
Además de denostar al Señor judeocristiano y a las religiones en general, Saramago blande su pluma contra -más que los judíos- los israelitas. Evidentemente el retrato que hace del “pueblo elegido” refleja su visión del conflicto de Medio Oriente, siempre a favor de los palestinos.
Retomando el paralelismo cinematográfico, da la sensación de que -un poco como don Woody o don Pedro- don José también se siente libre de ejercer su oficio con total desparpajo, conciente de que no le queda mucho por probar/demostrar. Los admiradores incondicionales disculparán (algunos quizás festejarán) este desprendimiento de chancleta.
Los seguidores menos complacientes nos refugiamos en el recuerdo de éste, éste y por supuesto este otro libro. Sólo así evitamos refunfuñar.

