Villa Marguerite

Quienes hayan quedado cautivados por la actuación de Yolande Moreau en Séraphine harán bien en darle un respiro al control remoto cuando -seguro por casualidad- sintonicen Villa Marguerite. Atención, espectadores interesados, porque el telefilm que Cinétévé produjo en 2008 para France 3 (y que TV5 emitió semanas atrás) es susceptible de integrar la programación de los canales de cine europeo que ofrece nuestra televisión paga.

Esta adaptación de la novela homónima de Jean-Jacques Brochier ofrece un interesante fresco de la Francia ocupada por los nazis, a partir del seguimiento de dos esposos entrados en años y sin hijos, que heredan la casa cuyo nombre da título a la obra en cuestión. Curiosamente, Adèle y Etienne Grandclément ilustran un consejo clave en boca del Ricky Fitts de Belleza americana: “nunca subestimes el poder de la negación“.

En otras palabras, los personajes compuestos magníficamente por la mencionada Moreau y Luis Rego representan a esa clase de individuos empecinados en simular una normalidad inexistente en un contexto bélico o dictatorial. La caracterización evita la estereotipación cínica (no saber por conveniencia), miedosa (no saber para protegerse) o desprevenida (realmente no enterarse, si esto fuera posible) para señalar un fenómeno más complejo.

Además de percibir indicios, Adèle y Etienne son protagonistas/testigos de episodios turbios, y sin embargo eligen creer a ciegas lo que les cuenta la blonda Marie Müller. Lo interesante del guión de Jacques Santamaria es la construcción del vínculo entre esta joven y el matrimonio Grandclément, en este caso un factor mucho más importante que la influencia de la propaganda mediática tantas veces tratada en el cine sobre aquellos tiempos.

Además de invitar a reflexionar sobre la capacidad del ser humano para despegarse de la realidad, Villa Marguerite propone un repaso sobrio pero contundente sobre los años negros del régimen de Vichy. Así, psicología, sociología e historia se combinan en este telefilm de calidad que además nos concede una segunda cita con la otra gran Moreau.

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