La criminología militante según Zaffaroni

No es sencillo hacer una criminología militante, pues debe dejarse el sosegado espacio académico para estar en la calle, en los medios, en la formación de profesionales, de operadores del sistema penal, del personal policial y penitenciario. También para escribir para el gran público, participar en el sistema, comprender las vivencias de sus operadores, calmar sus angustias, hablar con las víctimas, con los criminalizados, con sus parientes, estimular a quienes tienen la responsabilidad de equilibrar o prevenir el desequilibrio, investigar los discursos mediáticos, no desanimarse por los fracasos y no amedrentarse, no dejarse llevar por la ira, comprender motivaciones para prevenir errores de conducta, interferir en la política, acostumbrarse a ser mal visto, asumir el rol de portador de malas noticias (advertir que somos víctimas de una estafa es siempre una mala noticia) y, sobre todo, reproducir la militancia, porque no es una tarea individual sino que requiere de muchas voluntades, de muchas personas con consciencia del problema y con compromiso con la tarea de imponer cautela.

(…)

Toda investigación debe tender a ser investigación-acción y no a quedarse en el puro nivel del conocimiento resignado. Ninguna acción es nimia cuando se trata de salvar vidas humanas y la criminología cautelar debe responder a ese imperativo ético.

(…)

La actitud militante no es otra que el diálogo: las personas no son objeto sino proveedoras de conocimiento. Por cierto que para eso debe vencer obstáculos, entre otros el de la procedencia de clase del propio criminólogo, que debe aprender a comunicarse con todos los sectores sociales y detectar sus propios prejuicios.

Para disgusto de algunos, la militancia también ingresa en el escenario criminológico de la mano de la criminología cautelar, y de la necesidad de resistir los embates de la criminología mediática. Los lectores de esta síntesis digital de La cuestión criminal harán bien en leer con suma atención el anteúltimo fascículo del compendio a cargo del Dr. Raúl Zaffaroni y equipo.

 Después de mostrar la construcción de realidad de la criminología mediática y de describir las agencias del sistema penal, vemos que todos los sistemas penales anidan los elementos de una posible masacre y con frecuencia de una masacre por goteo en curso. Por ello, es indispensable que el criminólogo indague cómo controlar el aparato a corto y mediano plazo para evitar que se desequilibre de mala manera.

 El camino táctico lo señaló Friedrich Spee en 1631. El jesuita poeta no discutió si los aquelarres eran reales. “Todo es posible”, dijo, pero lo único cierto era que todas esas mujeres inocentes estaban muertas. Su método consistió en eludir las abstracciones con que el poder punitivo legitima sus desbordes y en ir a lo más concreto. Su única verdad era la realidad, y la realidad eran las cenizas de los cadáveres de mujeres inocentes.

 En nuestro tiempo, la máxima abstracción es la idea mediática de seguridad. A partir de esa denominación la criminología mediática construye una realidad de seguridad bastante difusa, pero de ella deduce de inmediato –y los juristas degluten– un derecho a la seguridad. En esa invención se halla el núcleo del discurso autoritario, planteado como la falsa opción entre libertad y seguridad, en un plano de máxima abstracción.

 Nadie tiene afectado un abstracto derecho a la seguridad, sino un concreto derecho a la vida, a la integridad física, a la libertad sexual, a la propiedad.

 Nuestra academia no se anima a decir lo mismo que muchos criminólogos norteamericanos dicen de su propio sistema. A ellos les proporcionan fondos para que investiguen; a nosotros no nos dan nada, y menos si nos saben críticos del poder punitivo, pues a nuestros ministros de turno no les hace gracia que nos metamos a ver lo que hacen las policías autonomizadas con las que pactan sus cuotas de recaudación autónoma.

 Una criminología cautelar debe ser una criminología militante, porque se enfrenta a verdaderos guerreros mediáticos que siempre están fabricando nuevos Ellos para impulsar la venganza hacia la masacre. Los fabrican en serie: por ejemplo, no hace mucho el gobierno francés dejó de lado a los africanos y argelinos de sus suburbios y buscó a los gitanos.

 Por eso la criminología debe ser militante si quiere ser cautelar, o sea, estar siempre atenta y vigilante para evitar la trampa que nos tiende el discurso que dice: bien, esos “Ellos” no, pero estos “Ellos” sí, son los malos en serio.

 La criminología cautelar y militante debe atender tres frentes:

a) Debe estar atenta para analizar las condiciones sociales favorables a la creación mediática del mundo paranoico y desbaratar sus tentativas de instalación desde las primeras manifestaciones orgánicas.
b) Debe tomar muy en serio los daños reales del delito, es decir, la victimización y sus consecuencias, promoviendo en forma permanente la investigación de campo y del efecto que a su respecto tienen el propio poder punitivo y la criminología mediática.
c) Por último, debe investigar y proponer públicamente los medios más eficaces para la reducción de los anteriores.

 Esta criminología debe establecer tácticas, en especial en el espacio mediático, pero también en la comunicación personal directa: asambleas, conferencias, ONGs, ámbitos de reflexión, redes alternativas, entrevistas, etc.

 Según Michel Wieviorka, las etapas de instalación del racismo son las de cualquier mundo paranoide: un momento difuso, otro orgánico y otro de Estado. La etapa difusa consiste en gritos aislados sobre los que se debe advertir. Pero la luz roja debe encenderse cuando se empieza a instalar la etapa orgánica, donde aparecen organizaciones, instituciones, publicaciones.

 En esta segunda etapa le incumbe un papel importante al mundo académico latinoamericano. En lugar de quedarse en sus cubículos universitarios mirándose el ombligo, debe optar por una actitud militante, de comunicación con las personas: debe ir a los medios y a los barrios, comunicar lo que sabe y organizar la neutralización de la pulsión vindicativa.

 Atención con la antipolítica… No es verdad que todos los políticos estén sólo preocupados por la elección cercana o montados por puro oportunismo sobre la criminología mediática. Por mucho que la mezquindad anide en buena parte de la política, no cancela su aspiración a un mundo mejor y sin masacres.

 La criminología cautelar no debe aconsejar suicidios políticos, pero sí debe demandar de los políticos su instalación como criminología de Estado. Así como se continuó con la iluminación a gas mientras se iba expandiendo la red eléctrica, o con la tracción a sangre mientras avanzaba la motorizada, igualmente los políticos pueden proseguir con algunas prudentes concesiones discursivas a la criminología mediática mientras se va montando la cautelar y admitiendo un espacio de confrontación.

 La criminología cautelar sólo puede llegar a erigirse como criminología de Estado a través de una adecuada institucionalización de un órgano de monitoreo técnico de la violencia social. Así como hay bancos centrales autárquicos –lo cual no significa que sean independientes de la política económica general–, debería existir un órgano técnico que 1) cuide del control de la violencia; 2) monitoree/inverstigue/oriente al conjunto de agencias del sistema penal; 3) enfrente a la criminología mediática con datos ciertos y con tácticas técnicamente planificadas conforme al saber comunicacional.

 En ningún país pobre se invierte dinero en investigación criminológica de campo, por lo que no se dispone de datos serios sobre la violencia criminal. Además, las agencias ejecutivas retacean la información porque temen que revele datos de su recaudación autónoma. En estas condiciones es imposible confrontar la realidad con el discurso de la criminología mediática.

 Esta carencia de información científica también es funcional a las cúpulas de las agencias, porque les permite manipular la inversión del presupuesto. Se confirma la tesis foucaultiana de que el poder punitivo no interesa tanto por su objetivo manifiesto (prevención del delito), pues de lo contrario se extremaría el cuidado en el primer paso de la prevención, que es su cuadro de situación. Es obvio que nadie puede prevenir lo que desconoce y si no quiere conocerlo es porque no se propone como meta la prevención.

 Todo criminólogo debe estar atento a las condiciones que favorecen la instalación del mundo paranoide por parte de la criminología mediática. Ésta requiere un campo de inseguridad existencial, que tanto en América como en Europa proviene hoy del desbaratamiento de los Estados de bienestar (desempleo, inseguridad laboral, previsional, deterioro de los servicios estatales, carestía, dificultades de vivienda, salud, educación).

 Cuando la angustia se convierte en miedo, los proyectos existenciales bajan sus objetivos y aparece como primer paso de todos –por dispares que sean– la eliminación del obstáculo para su realización: el chivo expiatorio. Cuando las encuestas muestran que el principal reclamo es la seguridad, es porque la criminología mediática ha logrado instalar el mundo paranoide.

 Esta base común perversa del consenso da por resultado una deformación incalificable del verdadero consenso democrático: la publicidad favorable al Estado gendarme logra cancelar todos los reclamos de derechos que debiera satisfacer un Estado razonablemente operativo y los unifica en un único reclamo de represión, alienando a la población, que de ese modo no cae en la cuenta de que deja de exigirle al Estado lo que cada uno necesita para la realización de su propio proyecto existencial y sólo le reclama un mayor control y la represión que anularán otro tipo de pedidos.

 Cuando reina la libertad de información, las empresas de comunicación ejercen el poder de instalación del mundo paranoide y lo deciden conforme a sus intereses (rating y consiguiente renta publicitaria) y a los del sector político o económico en sintonía. La elección del enemigo –que el nazista Carl Schmitt había señalado como esencia de lo político– ahora está en buena medida en manos de las empresas de comunicación social. De allí la importancia del pluralismo mediático: tan negativa es la censura estatal autoritaria como el oligopolio comunicacional, que en definitiva es una censura privada.

 Dicho esto, no debe identificarse la criminología mediática con la totalidad de los medios que la impulsan, porque si bien no puede negarse su condición manipuladora, tampoco se puede pasar por alto que algunos medios sólo tienen funcionalidad por puro rating y otros por mera ignorancia o imprudencia. De allí que también sea importante entablar el diálogo con los propietarios y trabajadores de medios.

 Nunca debemos perder de vista que la criminología mediática es un arma de lucha contra el Estado de bienestar. Con el pánico moral, ésta hace que las personas se sientan en constante peligro de vida y, por ende privilegien dicho bien sobre cualquier otro.

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La versión completa de este fascículo se encuentra aquí.

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