Las flores del cerezo 27 Octubre 2009
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Nueve años después de Sabiduría garantizada, Doris Dörrie vuelve a filmar en Japón. La excusa: contar el último tramo del viaje que los esposos Trudi y Rudi Angermeier emprenden de manera más o menos improvisada para, sin tomar conciencia real, despedirse de la vida. Las posibles razones: expresar admiración por la cultura nipona (¿también por el cineasta Yasujiro Ozu?) y abordar -tal vez calmar- la incertidumbre y angustia que provocan cuestiones tan inasibles como el amor (marital, filial), la vejez, la muerte.
De una manera más nostálgica y profunda, la realizadora alemana reedita la travesía de los hermanos Uwe y Gustav que contó en 1999. Ahora los protagonistas de Las flores del cerezo son marido y mujer, mayores, y el motivo del traslado es más oscuro que la simple necesidad de cambio.
La crítica especializada se encargó de explicar el homenaje que Dörrie le dedica a Una historia en Tokio del mencionado Ozu. Quien suscribe se permite señalar otro fenómeno de intertextualidad cinematográfica: aunque cueste creerlo, ciertas coincidencias con Up.
De hecho, así como en la última animación de Pixar el Sr. Fredricksen parte en busca de unas cascadas perdidas en Latinoamérica para cumplir un viejo sueño de su esposa, Rudi viaja a la capital japonesa con una intención similar. El primero termina compartiendo la aventura con un niño abandónico; el segundo lo hace con una joven huérfana. El primero se encariña con un pájaro exótico, especie en extinción; el segundo se aferra a la energía expresiva, vincular, reparadora del butoh, danza ancestral.
Por supuesto, la propuesta de Dörrie es irreductible a un cuento infantil. No obstante, las similitudes entre ambos trabajos sugieren la existencia de un vacío que los habitantes del Primer Mundo occidental sólo parecen llenar cuando visitan otras tierras, cuando descubren otras culturas.
Las flores del cerezo es un film honesto, conmovedor, bello, casi-casi irreprochable. El mérito es de una cineasta que nunca defrauda a sus seguidores, de un elenco sólido (donde se destacan Elmar Wepper, Hannelore Elsner y Aya Irizuki) y del fotógrafo Hanno Lentz.
Bienvenidos al país de la locura 26 Octubre 2009
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“Petit à petit, l’oiseau fait son nid” o “poco a poco, el pájaro hace su nido”… El dicho francés ilustra a la perfección la carrera de Dany Boon, comediante galo que los cinéfilos argentinos descubrimos cuando encarnó al envidioso (y secundario) Richard en Mi otro yo, que reconocimos cuando compartió protagonismo con Daniel Auteuil en Mi mejor amigo, y que ahora aplaudimos por su desempeño como guionista, director y actor en la recién estrenada Bienvenidos al país de la locura.
Algunos habrán temido que este éxito de taquilla en su país de origen resultara un gran chasco en el extranjero. Después de todo, el público internacional no necesariamente está al tanto de las internas regionales que rigen en el hexágono europeo, y difícilmente conozca la (mala) fama que estigmatiza a los habitantes del norte.
Sin embargo, el indiscutible color local no convierte al largometraje en algo críptico. Al contar su relato -o rendir su homenaje- desde la mirada, la ignorancia y los prejuicios del “sureño” Philippe Abrams (el muy gracioso Kad Merad), Boon logra que los espectadores nos identifiquemos con quien se siente sapo de otro pozo en su propia tierra.
Por otra parte, Bienvenidos al país de la locura cumple con algunas reglas de género que los amantes del cine comercial saben disfrutar. Quizás porque el amor es un idioma universal, la subtrama romántica asegura el despliegue de gags que la mayoría recuerda e incluso espera (happy end incluido).
Claro que, justamente por archi-conocida, ésa es la parte menos entretenida… La más divertida, en cambio, es aquélla dedicada al choque cultural e idiomático (con el dialecto ch’ti) y a lo que los seres humanos hacemos con los prejuicios, y lo que los prejuicios hacen de nosotros.
En Francia, este largometraje no sólo causó sensación (al parecer, conquistó a 20 millones de espectadores, a 5,5 millones de televidentes y vendió 3 millones de DVD) sino también polémica (en febrero pasado, Boon amenazó con faltar a la ceremonia de los César porque las autoridades responsables siempre le negaron una categoría a la comedia y, dada esta restricción, Bienvenidos… consiguió una única nominación, para el premio al mejor guión).
Por razones obvias, tanta euforia quedó circunscripta al territorio galo. Al menos en Argentina, nos limitamos a combinar un cálido recibimiento con el debido aplauso a un actor en indiscutible ascenso… y con nido propio.
Géminis 23 Octubre 2009
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Albertina Carri estrenó Géminis en 2005 y La rabia en 2008. Cuesta disociarlas cuando, a contrapelo del orden cronológico, vimos la última película primero y su predecesora después. El guiño que las vincula (en Géminis, Meme menciona la estancia “La rabia”, probablemente la misma donde se ambienta el largometraje homónimo) no provoca la interferencia pero la explicita, y eso termina causando mayor desazón.
Desde esta perspectiva, da la sensación de que Géminis es una versión preliminar: algo más definido que un borrador, más detallado que un boceto pero con asperzas, redundancias y desprolijidades por limar. Sin dudas, la importancia acordada a la relación entre dos hermanos sería la principal arista a pulir, arista que en La rabia adopta una medida justa, quizás porque prescinde de la trama incestuosa.
En Géminis, el amor prohibido entre los mellizos Meme y Jere suena más a excusa que a tema principal. De ahí que la decisión de mostrarlo pueda interpretarse como simple golpe de efecto y no como una invitación a detenernos en un vínculo reñido con antiguos preceptos culturales y morales, con una de las piedras fundamentales de nuestra sociedad occidental (si lo sabrán quienes leyeron a Claude Lévi-Strauss).
Dicho de otro modo, la cuestión incestuosa es ante todo la excusa para iniciar y sostener el retrato de una familia patricia argentina y, a partir de este fresco, para señalar las taras de una clase social. Carri podría haber hecho lo mismo (incluso lo hizo en La rabia) recurriendo a otras mentiras y otros secretos menos impactantes pero igual de reveladores.
En ambos largometrajes la cineasta argentina nos sumerge en un medio cuya violencia -a veces contenida, a veces desembozada- también se expresa, entre otros ámbitos, a nivel sexual. Si en Géminis la tensión gira en torno a la pasión entre hermanos, en La rabia atraviesa otro tipo de relación clandestina, basada en la infidelidad (un cruce de amantes entre vecinos).
Por morbo o pacatería, el incesto termina convirtiéndose en un árbol que tapa el bosque. Por eso, para quienes revertimos el cronograma de estrenos, Géminis se revela como el anticipo objetable -en parte indigesto- de un trabajo consagrador que supo, no sólo limar desprolijidades, sino distinguir entre simple escándalo y legítima transgresión/provocación.
Otelo según Cibrián y Mahler 22 Octubre 2009
Posted by María Bertoni in Teatro/Danza.2 comments
Las incontables representaciones teatrales que tuvieron lugar en distintos tiempos y espacios, la célebre ópera que Giuseppe Verdi compuso a fines del siglo XIX, las películas que filmaron Orson Welles, Sergei Yutkevich, Roger Benamou, la infaltable interpretación de Lawrence Olivier, las tantas otras de Plácido Domingo para cine y TV deberían condicionar a quienes desean montar una nueva versión de Otelo. Seguro, la obra de William Shakespeare mantiene su indiscutible vigencia y es fuente de inspiración inagotable, pero la ocurrencia de convertirla en musical no es garantía de originalidad y calidad.

La puesta en escena que Pepe Cibrián Campoy y Ángel Mahler estrenaron a principios de año y repusieron hace semanas en El Nacional presenta desaciertos estructurales que deslucen el esfuerzo de un elenco visiblemente comprometido con el proyecto*. El primer gran desatino aparece a nivel discursivo: por un lado en expresiones ajenas al siglo XVII (Yago dice de Otelo que “no es ducho en matemáticas”; Otelo se refiere al “bicho” de Casio); por otro lado en una adaptación con un primer segmento excesivamente detallado y con un segundo segmento forzadamente esquematizado.
Al parecer, Cibrián Campoy se queda a mitad de camino entre dos buenas intenciones: la de recrear el drama del moro de Venecia en una salsa parecida a la original (de ahí la elección de un vestuario que intenta respetar la moda de la época) y la de elaborar una versión pop (no sólo en función de los acordes del music hall, sino de un léxico más bien contemporáneo, afín al público porteño). Contrariamente a lo que Willy Landin e Iñaki Urlezaga hicieron con Las mujeres sabias y Carmina Burana respectivamente, el hijo de los recordados José y Ana María no aggiorna; en todo caso distorsiona y edulcora.
El segundo gran desatino de esta propuesta aparece a nivel musical. De hecho, los acordes compuestos por Mahler parten de un gran leitmotiv que, después de tres horas de insistencia, termina saturando.
La contraparte visual de esta letanía melódica es una coreografía artificiosa, por momentos influenciada por las representaciones que Disney hizo de los cuentos de hada más famosos. Por ejemplo, las escenas de baile que protagonizan Otelo y Desdémona parecen inspiradas en La bella y la bestia.
Aunque respeta el final imaginado por Sir Shakespeare, la dupla Cibrián-Mahler se permite cerrar su espectáculo con una “escena fija” (sepan disculpar la simplificación) que revierte la tragedia. Este happy end de yapa es el corolario de una propuesta que, lejos de rescatar y resignificar la esencia de un clásico, la reduce a un cúmulo de estereotipos narrativos y musicales dignos de un telenovelón lacrimógeno y aleccionador.
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* Juan Rodó, Daniel Vercelli, Diego Duarte Conde, Lorena García Pacheco, Mercedes Benítez, Beto Cuello, Sergio Carus hacen lo imposible por sostener un musical que -valga la metáfora- desentona.
Ciega a citas 21 Octubre 2009
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¿Quién hubiera imaginado, cinco o seis años atrás, que los blogs podrían tomar la posta de una propuesta tan añeja como la (¡decimonónica!) novela por entregas? Hoy sabemos que la blogósfera alberga contenido digno de proyectos editoriales y adaptaciones teatrales pero la reciente conversión de Ciega a citas al formato televisivo, más precisamente a una serie casi diaria*, confirma la existencia de un legado que pocos habrán sabido anticipar.
La bitácora que la “bestiaria” y peleadora Carolina Aguirre escribió con el seudónimo de Lucía González llegó anoche a la pantalla de Canal 7, de la mano del director de cine Juan Taratuto. Desde entonces, aumentaron los interesados en asistir a las desventuras de una treintañera empecinada en encontrar pareja en 258 días.
La primera entrega de esta versión promete por dos motivos fundamentales: porque el texto original parece acomodarse sin problemas al lenguaje catódico (bien por la guionista Marta Betoldi) y porque las productoras a cargo (Rosstoc y Dori Media) apuestan a actores afines a un sentido del humor por momentos ácido, por momentos piadoso, por momentos desopilante.
Muriel Santa Ana se reveló como una muy buena comediante cuando en Lalola le tocó encarnar a la mejor amiga del/la progagonista. Ahora, es muy probable que “su” Lucía González termine conquistando -al menos convenciendo- a los seguidores de Aguirre (a los no seguidores también) y que los cruces con Georgina Barbarossa, la madre en la ficción, causen sensación.
Sin dudas, la participación de Lidia Catalano, Osvaldo Santoro, Rafael Ferro, Luis Ziembrosky, Fabián Arenillas entusiasma y promete todavía más. Pero sorprende menos que la aparición de Silvia Montanari, dispuesta a jugar con un personaje que bien podría ser su propia caricatura.
Quienes hayan visto No sos vos, soy yo, Quién dice que es fácil y Un novio para mi mujer reconocerán enseguida la mano de Taratuto en esta otra crónica del (des)amor treintañero. La experiencia es interesante porque, suscripta a una tendencia en ascenso, se propone hacer televisión con calidad, rigurosidad, estética cinematográficas.
Otra tendencia a la que se sube la versión catódica de Ciega a citas remite a la estrategia de aprovechar los medios virtuales y las redes sociales para fortalecer el vínculo con el público (en Argentina Todos contra Juan sentó un precedente en este sentido). Así, la flamante serie de Canal 7 se reencuentra con sus orígenes web y confirma la -hasta hace años impensada- renovación de una vieja manera de producir/vender/consumir ficción.
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* De lunes a jueves, a las 23.

