Los juegos de Mastropiero March 12, 2008
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Los juegos de Mastropiero es mucho más que un libro exclusivo para fanáticos de Les Luthiers. De hecho, el trabajo de Carlos Núñez Cortés debería ser considerado por maestros y profesores de Lengua como guía pedagógica para transmitir a los alumnos la valoración de nuestro castellano y para repasar las distintas figuras retóricas que enriquecen nuestra comunicación escrita y verbal, aún cuando no somos del todo concientes de su utilización e incluso ignoramos sus etiquetas académicas.
Editada por Emecé en 2007, esta publicación va por su tercera tirada. El éxito no sorprende, primero, porque se trata de una obra rigurosa y a la vez entretenida (al final de cada capítulo figuran juegos de palabras y de lógica para divertimento del lector) y, segundo, porque -además de proponer una suerte de catálogo idiomático- recopila los pasajes más hilarantes de los sketches que hicieron famoso al grupo integrado por Ernesto Acher (hasta 1986), Marcos Mundstock, Carlos López Puccio, Daniel Rabinovich, Jorge Maronna y el mismo Núñez Cortés.
En las antípodas de los escritores propensos al autobombo apabullante, aquí el autor no se limita a reflotar producciones propias. También transcribe textos de autores precursores de la llamada “ludolingüística” (por ejemplo Raymond Queneau o Francisco de Quevedo) y mails enviados por seguidores de Les Luthiers, con reflexiones y desafíos que pretenden retomar ocurrencias y personajes pergeñados por estos otros grandes del humor argentino.
El oxímoron, las hipérboles, los retruécanos, las paranomasias, los palíndromos, las palabras promiscuas, los acrósticos son algunas de las figuras que Núñez Cortés cataloga, define, ejemplifica. De esta manera, el alguna vez bioquímico sabe dar cátedra sobre distintos usos del español, sobre sus polisemias y sobre un tipo de ingenio: aquél eminentemente verbal, perenne, casi universal (al menos, en este caso, para los hispanoparlantes).
Los juegos de Mastropiero cuenta con 392 páginas que pueden leerse y jugarse en un solo día. Así de estimulante es esta obra que -es muy probable- pronto exigirá una cuarta ¡tal vez quinta! reedición.
Hallazgo tardío February 23, 2008
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Ubicada en pleno centro de la ciudad de Resistencia, la Librería de la Paz es uno de los emprendimientos autóctonos que se animan a hacerles frente a franquicias como Yenny/El Ateneo. Justamente en uno de los anaqueles reservados a la literatura chaqueña, me llamó la atención el lomo de un libro con la inscripción So Shiyaxauolec Nta’a.
Grande fue la sorpresa cuando me di cuenta de que había dado con la traducción al toba de El principito de Antonie de Saint-Exupéry. Al parecer, el hallazgo tiene lugar tres años después de publicada la primera edición.
Tardío descubrimiento, el de esta desprevenida lectora porteña. ![]()
Buenas noticias January 29, 2008
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Ya que las buenas noticias escasean, vale la pena hacerse eco de los cables difundidos por Clarín y Prensa Latina, entre otros periódicos españoles y latinoamericanos. Al parecer, Mario Benedetti y José Saramago abandonaron los hospitales donde se encontraban internados por problemas de salud.

Decididamente, éste es todo un motivo de alegría -y de alivio- para los admiradores de ambos escritores. A celebrar entonces. ![]()
Los pitufos January 15, 2008
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Ayer me sorprendió el espacio que los diarios nacionales -al menos Clarín, La Nación e Infobae- le dedicaron al cumpleaños n° 50 de Los pitufos. Será que mi experiencia con los “schtroumpfs” (ése es su nombre original), experiencia literaria que tuvo lugar bastante antes de que las criaturas de origen belga desembarcaran en Telefé, fue muy poco enriquecedora, al límite del aburrimiento. Será que los recuerdos posteriores de una TV empecinada en promocionar el merchandising vinculado con los gnomitos azules y su archi-enemigo Gargamel no hicieron más que provocarme un rechazo imborrable.
Nobleza obliga. Nuestra picardía criolla encontró asidero en los smurfs (ése es su nombre anglosajón) en general y en determinados personajes -Pitufina, Papá Pitufo y Pitufo Gruñón- en particular. Si las neuronas no me engañan, el apodo “Papi Mafi” que Página/12 le endilgó al non-sancto empresario postal Alfredo Yabrán tuvo relación con la historieta (luego convertida en serie de dibujos animados) creada por Pierre Culliford, alias Peyo.
Al margen de este reconocimiento, siempre me costó encontrarles algo rescatable a los pitufos. Quienes sólo hayan visto la versión televisiva podrán argumentar que la propuesta apunta a los más chicos (menores de 6 años). En cambio, quienes conozcan el cómic sabrán que, dadas ciertas exigencias de lectura y narrativas, las aventuras publicadas buscaban llegar a una audiencia de más edad.
Probablemente porque fui (sigo siendo) fanática acérrima de Astérix, desde chica estuve convencida de que Peyo se inspiró en la obra de René Goscinny y Albert Uderzo, y por eso creó otra aldea en peligro de extinción, cercada por un malo-malo. Desde esta perspectiva condenable por cometer un anacronismo flagrante*, los gnomitos ocuparían el lugar de los galos (el “village” que imaginaron Goscinny y Uderzo también contaba con personajes muy identificables según la profesión que ejercieran o el humor que en general tuvieran) y Gargamel, el de los romanos o más precisamente el del temible y persistente Julio César.
En contra de la falsa hipótesis… En Los pitufos nunca hubo demasiado espacio para los guiños históricos, los juegos de palabras, las ironías anti-chauvinistas que caracterizaron a Astérix o a otro comic igualmente ocurrente como Lucky Luke. Probablemente por esa incapacidad de trascender las fronteras del mundo de fantasía infantil, el trabajo de Payé quedó circunscripto a una audiencia compuesta por los más pequeños (las voces bobaliconas de la versión animada así parecen demostrarlo).
Leo los artículos publicados por Clarín, La Nación e Infobae**, y me entero de que los festejos por el cincuentenario pitufiano incluyen, entre otros eventos organizados, una exposición itinerante que se instalará en quince ciudades de Europa. Ante semejante despliegue, tendré que enfrentar la posibilidad de que mi opinión desfavorable sobre los “schtroumpfs” se origine en ciertas impresiones (¿distorsionadas?) heredadas de la niñez, y no en el espíritu crítico y ecuánime que a veces pretendo tener.
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* Los pitufos nacieron en 1958 y Astérix, en 1961.
** Por supuesto, la cobertura periodística no podía dejar de destilar su -en este caso graciosa- dosis de amarillismo.
Traslasierra January 10, 2008
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Leer Traslasierra a principio de 2008 tiene su gran pro y su gran contra. El gran pro: la sensación de empezar el año literario con el pie derecho y saltando en una pata. La gran contra: la sospecha de que en los próximos doce meses costará encontrar nuevos libros capaces de provocar tanto entusiasmo. Sin dudas, correr el riesgo vale la pena.
La flamante novela corta, o cuento largo, de Andrés Rivera ocupa 83 páginas. Se trata de una joyita que todo aspirante a periodista y/o escritor debería leer, al menos como modelo de texto cuya economía de palabras no le impide ser rico a nivel lingüístico, literario e histórico.
En éste, su último trabajo, el autor argentino no sólo cuenta la particular relación entre un ex general de las huestes hitlerianas refugiado en nuestra patagonia andina y su joven hija radicada en una localidad cordobesa. También elabora un agudo retrato de la alta burguesía argentina, a partir de un interesante paralelismo entre las memorias/veleidades de un jerarca nazi y la realidad prepotente de nuestra trágica década del ‘70.
En Traslasierra todo es sabroso: desde el diálogo más parco hasta la composición de cuadro más rudimentaria. No hay palabra, parlamento, reflexión que resulten innecesarios, insignificantes o redundantes. Al contrario, las piezas del rompecabezas que uno va armando a medida que avanza el relato, encajan perfectamente, por peso propio.
De esta manera, Rivera se consolida -probablemente sin proponérselo- como uno de nuestros mejores escritores contemporáneos. Su prosa precisa, contundente, inconfundible y su habilidad para combinar la ficción con el ensayo sociológico y político así lo demuestran.