Caín 19 Noviembre 2009
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Tal vez interesada en la cantidad de público que suelen convocar las pre/secuelas de films taquilleros, Alfaguara presenta el último libro de José Saramago como apéndice del genial Evangelio según Jesucristo : si en ese texto de 1991 el escritor portugués “dio su visión del Nuevo Testamento, en Caín regresa a los primeros libros de la Biblia”, sostiene la solapa de la encuadernación amarilla. Así como Hollywood, la editorial promete la continuidad de un éxito que ni el mismísimo autor puede replicar.
Esta segunda ucronía teológica desencanta no sólo por el notable contraste con un antecedente insuperable, sino porque da cuenta de un Saramago menos riguroso y más caprichoso, menos sutil y más burdo, menos insidioso y más buscapleitos, menos ateo y más hereje. Aún así, es decir, aún cuando parece haberse convertido en su propia caricatura, quien obtuviera el Premio Nobel de Literatura en 1998 conquista a partir de su prosa siempre aceitada, rica, originalmente puntuada.
Bendita sea su fiel traductora -y, dicho sea de paso, esposa- Pilar del Río.
Hecha la (justa y necesaria) reivindicación, cabe agregar que Caín le roba a la industria hollywoodense algo más que el marketing de continuidad. A saber: la posibilidad de volver al futuro (el mítico hermano de Abel viaja en el tiempo e interviene en los distintos presentes/episodios bíblicos), la estereotipación del mal (en El evangelio… Dios se comporta como un político ambicioso; aquí como un villano perverso, hecho y derecho), el despliegue de boutades y guiños bastante obvios, la infaltable moraleja del final.
Además de denostar al Señor judeocristiano y a las religiones en general, Saramago blande su pluma contra -más que los judíos- los israelitas. Evidentemente el retrato que hace del “pueblo elegido” refleja su visión del conflicto de Medio Oriente, siempre a favor de los palestinos.
Retomando el paralelismo cinematográfico, da la sensación de que -un poco como don Woody o don Pedro- don José también se siente libre de ejercer su oficio con total desparpajo, conciente de que no le queda mucho por probar/demostrar. Los admiradores incondicionales disculparán (algunos quizás festejarán) este desprendimiento de chancleta.
Los seguidores menos complacientes nos refugiamos en el recuerdo de éste, éste y por supuesto este otro libro. Sólo así evitamos refunfuñar.
No es amor 9 Noviembre 2009
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Valga la parafrase, No es amor “no es” literatura lésbica o, juegos de palabra al margen, es mucho más que literatura lésbica (si admitimos la pertinencia de un género especializado en la pasión entre mujeres). En todo caso, la segunda novela de Patricia Kolesnicov cuenta la historia de encuentro y desencuentro entre Florencia y María, dos jóvenes de los ‘80 que -antes de saltar al papel- convivieron veinte años en la cabeza de esta periodista convertida en escritora.
Lógicamente la autora conoce bien a sus protagonistas, tanto que les concede el derecho a narrar en primera persona. Los relatos se presentan entonces de manera intercalada, respetando los turnos de a una por vez, incluso cuando les toca intercambiar miedos e inquietudes con una Luisa Lane imaginaria.
La militante universitaria oriunda de Azul y la niña bien que vive en Martínez y trabaja en el laboratorio de su papá se conocen, frecuentan, distancian, reencuentran, compenetran como en tiempo real, sin que medie una voz en off, con perdón de la licencia audiovisual. Así, desde nuestro presente los lectores nos asomamos a una historia y a una Historia pasadas: aquélla protagonizada por ambas mujeres y aquélla que vivimos, o a la que asistimos, los sufridos (y desmemoriados) argentinos.
El contexto de recuperación democrática conforma entonces una especie de subtrama que enriquece/politiza la trama principal, y que explica la incompatibilidad ¿esencial o coyuntural? entre Florencia y María. El título de la obra lo anticipa: aquí no existe espacio para Cupido.
Como la primera Biografía de mi cáncer, la segunda No es amor se distingue por una prosa llana, sin circunloquios, que además emplea expresiones muy nuestras, alusiones a letras del rock nacional, citas de películas argentinas entre otras referencias de nuestra idioncrasia y cultura. Hasta el detalle de que ambas protagonistas vivan un tiempo en ciudades del Primer Mundo (una entre Sevilla y París; otra en Boston) confirma esta constatación.
Admiradora confesa de José Saramago, Kolesnicov puntúa parecido al escritor portugués, sobre todo cuando escribe diálogos. A veces, la ausencia de indicadores explícitos nos obliga a repasar ciertas líneas para identificar interlocutores y recrear situaciones (ésta puede ser una contra para quienes consideran que los libros no deben exigir esfuerzos de concentración).
La política primero; el sexo después. Ambos son los motores de una relación que se inicia circunstancial (si se quiere profesional), y que con los años se transforma en simbiótica, contrariada, íntima, nociva.
Por lo leído, a este libro le falta amor. Pero sin dudas exuda mucha pasión.
El pensamiento único 21 Octubre 2009
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En 2007 Editions du Seuil publicó Nouvelles mythologies (Nuevas mitologías) para celebrar los cincuenta años del libro Mitologías de Roland Barthes. Entre la recopilación de 67 textos que escritores y periodistas redactaron bajo la dirección de Jérôme Garcin, se encuentra Le pensée unique (El pensamiento único) de Denis Jeambar. A continuación, la traducción prometida.
Antes de leerla, conviene recordar que este ensayo se inscribe en el contexto francés, por momentos muy distinto a nuestra realidad argentina.
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El conformismo es lo que nuestra sociedad respeta más en el mundo. Cuanto más prospera el individualismo, más uniformidad fabrica. Como si temiéramos encontrarnos solos por haber cultivado nuestra singularidad.
La libertad parece haberse convertido en un fardo demasiado pesado para la mayoría de los seres humanos. La izan y agitan fuerte, pero viven obsesionados por el reconocimiento y la asimilación. Todo se transforma en código y ritual. El corolario del culto a la diferencia es el miedo atroz a la cuarentena social.
Hasta la transgresión necesita ser etiquetada: nos pretendemos otro siempre y cuando la colectividad nos acepte. El espíritu rebelde ha muerto, recubierto por la capa de un nuevo espíritu pequeño-burgués: no pensamos, adoptamos posturas. La derivación normativa impregna nuestra vida material e intelectual.
Ilustración comercial: el triunfo de las marcas. Hijas del marketing, son el instrumento clave del consumo globalizado. El planeta vive al ritmo de los estudios de mercado que captan nuestros deseos comunes y nos los ofrecen en una noria de productos de corta vida: nos consideramos modernos, nos creemos únicos, de hecho caminamos encausados.
Incondicionales, somos felices porque nos sentimos seguros y reconfortados en la mirada de los otros, que nos devuelven su aprobación gregaria. La marca nos concede el placer de ser diferentes, siempre dentro de la norma.
Sucede lo mismo con las ideas: la diversidad está en la apariencia, pero en el fondo la regla es la uniformidad. El pensamiento único, carburante de la identidad a bajo precio, del sueño intelectual, del falso coraje, disipa el libre arbitrio y la disidencia. Encuentra su fuerza en la pereza que nace de las grandes ideologías.
En un mundo TGV (Train à Grande Vitesse, el “tren bala” francés), revolucionado por la globalización, Francia elige la inmovilización del pensamiento único. Para existir sin cuestionarse, utiliza paradojas irritantes que son petardos mojados: la alternancia se transforma en parodia del pluralismo; el “derecho-humanismo” en maniobra geopolítica; la democracia de la opinión en cementerio de la razón, etc.
En todos los terrenos -político, diplomático, cultural, social- el pensamiento único se decreta diferente pero repite sin cesar viejas letanías. No se nutre de una realidad auscultada sino de un sentido común proclamado y de cierto interés bien entendido.
El pensamiento único es profundamente egocéntrico porque no piensa en el/lo otro: se construye sobre el predio cuadrado del nacionalismo más estrecho, sobre la arrogancia de un país convencido de que siempre tiene razón.
El fracaso del referendum sobre la Constitución europea es uno de sus logros: las pretensiones de quienes votarían por “sí” provocaron un revuelo en las urnas con consecuencias catastróficas para Europa. Lo peor es que el “no” se convirtió en motivo de orgullo, en símbolo de la excepción francesa, en el producto más putrefacto del espíritu francés calcificado.
El pensamiento único es la certeza en acción y la negación de la reflexión: funciona a contrapelo y parte de conclusiones deseadas o condenadas a fabricar una argumentación. Es ante todo una usina de torpezas destinadas a proteger situaciones adquiridas. Para cumplir con su misión, utiliza los hilos de la mentalidad conservadora, sobre todo la moral en todo su esplendor, la pretensión de detentar la verdad y el recurso a la demonización.

Todos los días me lavo el cerebro con publicidad.
Alimentado por los pequeños cortesanos de la vida pública, el pensamiento único es una censura espiritual que desprecia el conocimiento, el verdadero, porque impone postulados con anteojeras y recusa la fuerza de hechos y pruebas. Como las marcas, nos invita a perdernos en el paraíso artificial de un narcisimo que logra consenso. Alimenta el culto al ego en un ambiente de falsa convivencia cuya caricatura son esos salones mediáticos donde nos disputamos todo por inercia.
Otra vez como las marcas, el pensamiento único firma la victoria del espíritu monopólico en el seno de una sociedad presa de dictadores pensados y vendidos, que se apoderaron de la teatralidad pública y de la maquinaria del deseo.
El extranjero 16 Octubre 2009
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Mea culpa… Leo El extranjero de Albert Camus recién a mis 37 años. Pasaron décadas desde que algunos compañeros de secundario tuvieron la suerte de descubrirlo en 3° o 4° año (a otros nos tocó La peste) para enseguida adherir al club de admiradores de un libro, un personaje y un autor con destino trágico. En parte porque sobran los análisis dedicados a la historia del entrañable Meursault, las impresiones aquí transcriptas distan de ser originales. Con suerte llamarán la atención de otros espíritus rezagados, dispuestos a saldar esta misma deuda literaria.
El ensañamiento de la sociedad -o del statu quo- con el (y lo) extraño, la institucionalización de una moral que confunde justicia con castigo ejemplar, la condición absurda de nuestra existencia, el (des)apego de los seres humanos por la vida y la muerte son los grandes temas que el escritor ¿y filósofo? argelino desarrolla con una prosa por momentos visual (digna de una adaptación cinematográfica), por momentos periodística (por su precisión y capacidad de síntesis), por momentos ensayística (con fines analíticos).
La narración en primera persona del singular invita a buscar a Camus en Meursault. De ahí que las observaciones y reflexiones del oficinista abúlico, prescindente, aparentemente conformista e indiferente sugieran la conveniencia de repasar el aporte que el intelectual pied-noir hizo al existencialismo de su colega/adversario Jean-Paul Sartre.
También resulta interesante imaginar la enorme repercusión que L’étranger tuvo entre los jóvenes de los ‘60, sobre todo entre quienes creyeron en los proyectos revolucionarios de esos años, y compararla con el efecto que puede causar en los integrantes de las generaciones X, Y y Z. Si los primeros adviritieron y discutieron la dualidad de Meursault (¿se trata de un rebelde solapado, resistente pasivo o, por el contrario, de una víctima de su propia inercia?), es probable que los segundos descarten el debate y conciban al personaje como un igual signado por la mala suerte.
En ambos sentidos, el libro renueva su vigencia. Por un lado, porque la discusión de antaño permanece abierta y, por otro lado, porque el eventual fenómeno de identificación actual dispara más interrogantes sobre la condición humana, en especial sobre su “evolución” social, cultural, política, ideológica.
En 150 páginas Camus despliega sus aptitudes poéticas, periodísticas, ensayísticas y, de esta manera, consigue comprometernos intelectual y afectivamente con Meursault. Imposible olvidar a uno y a otro cuando terminamos de leerlos; quizas por eso buscamos posibles herederos y, diferencias al margen, pensamos en J.D Salinger y Holden Caulfield.
Mea culpa… Descubro El extranjero de Albert Camus recién a mis 37 años. Ojalá las impresiones aquí transcriptas convenzan a otros rezagados para que -cuanto antes- salden esta inadmisible deuda literaria.
Las viudas de los jueves 9 Octubre 2009
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Desde la adaptación cinematográfica que se estrenó a mediados de septiembre, Las viudas de los jueves recupera su condición de best seller en las librerías argentinas. La novela que Claudia Piñeiro publicó hace cuatro años intriga a quienes vimos el film de Marcelo Piñeyro y a quienes simplemente se dejaron llevar por una campaña de promoción insistente y multimediática (tan multimediática que alguien también aprovechó la veta online para acusar, difamar, desprestigiar).
Sin ánimo de detenernos en las diferencias/semejanzas entre novela y película, bien podemos decir que la primera le gana -de lejos- a la segunda. Por lo visto (y leído), 300 páginas tienen más capacidad narrativa que dos horas de fotogramas; quizás por eso el largometraje termina excluyendo o fusionando personajes y anécdotas.
Piñeiro describe la conducta y mentalidad de los nuevos ricos que en los menemísimos ’90 escaparon de la ciudad de Buenos Aires y se mudaron a barrios privados situados en las afueras. La misteriosa muerte de tres integrantes del country Alto de las Cascadas le sirve de señuelo para pescar un público sensible a la intriga policial y poco afecto al retrato social.
La estrategia parece atinada. Así lo sugieren el buen posicionamiento en el ranking librero y la curiosa constatación de que -en el subte, en el tren, en librerías, en nuestro entorno- mujeres del corte de Teresa, Carmen, Lala, Mariana devoran el libro con total fruición, sin indicios de sentirse aludidas.
Siempre desde la ficción, la autora explota la veta testimonial a partir de una narración coral en primera persona y de la mención de sucesos de público conocimiento (recordemos que gran parte del relato transcurre en plena crisis económico-institucional de 2001). En cuestión de páginas, la introducción al estilo Agatha Christie cede paso a una suerte de diario íntimo de la burguesía argentina, al menos de una parte específica.
Los principales representantes de este espectro social parecen inspirados en ciertos estereotipos: entre otros, la esposa alcohólica engañada por el marido; la madre adoptiva incapaz de querer a su hija adoptada; el marido golpeador y su mujer sumisa; el matrimonio en principio exitoso. Por eso las páginas más disfrutables son aquéllas dedicadas a los personajes secundarios, por ejemplo a la señora mayor empecinada en identificar judíos conversos (o solapados), a la mucama ansiosa por heredar una remera de su patrona, a la directora de escuela preocupada por la integridad moral de sus alumnos, a la profesora de dibujo que vende sus cuadros como obras de arte.
Si bien les dedica párrafos enteros al Tano, Gustavo, Ronie, Martín, Alfredo, Piñeiro pone su voz a disposición de las protagonistas mujeres. Probablemente esto también explique el éxito conseguido entre las Teresa, Carmen, Lala, Mariana que encontramos en nuestro entorno social/laboral/familiar.
Como la mayoría de los best seller, Las viudas de los jueves admite la lectura rápida, en parte porque su prosa es amena y en parte porque sus señuelos surten efecto. En cambio, quienes disfrutan de la práctica de leer entre líneas se sentirán defraudados por un libro cuyas verdaderas intenciones están a flor de página… aún cuando algunas lectoras elijan ignorarlas.
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Aquí, la reseña sobre la película.

