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Soy leyenda Julio 10, 2009

Posted by La spectatrice in Cine.
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IamLegendTras estrenarse en la cartelera local a principios de 2008, Soy leyenda causó indignación entre los admiradores de la novela homónima que Richard Matheson escribió en 1954. El enojo suena lógico cuando descubrimos* cuán infiel es la adaptación que Mark Protosevich y Akiva Goldsman elaboraron para la película protagonizada por Will Smith. Incluso quienes no leímos el libro original podemos identificar los retoques típicos de Hollywood, y así solidarizarnos con el descontento de los fanáticos de la ciencia ficción.

Salvo por contadas excepciones, los relatos futuristas distan de ser el plato fuerte de la industria. La afirmación resulta arriesgada cuando, en realidad, el género es uno de los más explotados y redituables en términos de taquilla. Para evitar (o menguar) las discusiones bizantinas, cabe aclarar que los films basados o inspirados en obras literarias son los más problemáticos.

Y eso que Hollywood insiste… En el caso de Soy leyenda, existen una, dos versiones anteriores al tanque dirigido por Francis Lawrence y -ahora que es moda- ya está en marcha la producción de una precuela.

Lamentablemente las re-versiones repiten viejas taras. Por ejemplo, minimizan el subtexto crítico del pronóstico futurista (el guión de Protosevich y Goldsman se limita a señalar el origen bélico-científico de un virus apocalíptico); imponen un heroísmo con impronta castrense (el Robert Neville que encarna Smith es un científico militar brillante cuya rutina profesional, alimenticia, higiénica y atlética lo mantiene cuerdo; en cambio el que imaginó Matheson se emborracha regularmente por angustia, desesperación, depresión) y respetan a rajatabla la exigencia de un final feliz o al menos esperanzador (para tal fin, el rol co-protagónico femenino fue reducido a la mínima expresión).

El exceso de corrección política convierte a esta tercera adaptación cinematográfica en un trabajo casi impersonal, sujeto a los dictámenes de la gran maquinaria hollywoodense. Tanta “pasteurización” la despoja de las particularidades que podrían haberla diferenciado de otros relatos muy similares, por ejemplo de la saga Exterminio 1 y 2

Curiosamente (o no), Lawrence cometió faltas similares cuando filmó Constantine cuatro años atrás. De hecho, el traslado de Hellblazer a la pantalla grande también decepcionó a los seguidores de la historieta de DC Comics

Soy leyenda no será fiel a sus orígenes literarios pero sí acata los mandamientos de la maquinaria cinematográfica. Por eso termina entreteniendo gracias a los efectos especiales (sin dudas, lo mejor es la puesta en escena de una Nueva York despoblada) y a la alusión a una amenaza que, este año más que en 2008, hace mella en el contexto gripal-porcino actual.

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* Para redactar esta reseña tardía, quien suscribe se basó en la muy interesante comparación que Jorge Oscar Rossi estableció entre la novela de Matheson y la película de Lawrence. El análisis, aquí.

La felicidad trae suerte Julio 6, 2009

Posted by La spectatrice in Cine.
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La felicidad trae suerte, o Happy-go-lucky¿La felicidad trae suerte es realmente una lección de optimismo? En la entrevista que le concedió a Página/12, Mike Leigh contó que su último largometraje lo conectó “con el aspecto más luminoso de la vida” y con un personaje cuya “fuerte energía positiva” contagia el relato cinematográfico. Mientras tanto, en ese mismo diario, Mariano Kairuz escribió que los espectadores debemos “hacer un esfuerzo para no volvernos un poco cretinos y desearle (a la protagonista Poppy) un accidente violento que borre por un rato esa sonrisa que le cuelga de la cara en casi toda circunstancia”. 

A lo mejor ésta no sea la película más redonda del reconocido realizador británico, sobre todo cuando la comparamos con la insuperable Secretos y mentiras. Probablemente algunos espectadores le reprochen la omnipresencia del personaje principal, la inclusión de escenas algo forzadas (por ejemplo la del encuentro casual con un homeless) y una duración excesiva (defecto también presente en El secreto de Vera Drake).

Al margen de estos aspectos cuestionables, el film se destaca por retomar una vieja discusión interesante: aquélla que gira en torno al optimismo/pesimiso, es decir, a cómo elegimos “pararnos” frente a la vida y al prójimo. De ahí que, para algunos, Poppy encarne a una de esas “millones de personas en el mundo entero (…) que tratan de salir adelante con lo mejor que tienen” (otra vez, Mike dixit) y, para otros, represente una versión aggiornada -igualmente irritante- del Cándido que Voltaire imaginó en el siglo XVIII.

La ascendente Sally Hawkins se luce en la interpretación de una maestra jardinera que, en contra de las apariencias, dista de ser como la Alelí de Polémica en el bar (los argentinos recordarán a la manicura rubia que se reía por cualquier cosa). La mirada de la actriz sugiere que el entusiasmo, la testarudez y la bonhomía de su personaje son apenas un recurso para enfrentar estados de angustia, melancolía, desesperanza.

La felicidad trae suerte también se destaca por la actuación de Eddie Marsan (el apocalíptico e iracundo instructor Scott), por la ocurrencia de exagerar el contraste entre optimismo y pesimismo a partir de las clases de flamenco (danza experta en combinar pasión y tragedia, y en sacudir la abulia british), y por compartir una mirada piadosa sobre la condición humana.  

Aunque ésta no sea la mejor película de Mike Leigh, igual vale la pena verla… Para disfrutarla, basta con ignorar algunos aspectos cuestionables y saber distinguirla de una simple lección de optimismo.

Up. Una aventura de altura Julio 3, 2009

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Up, de PixarLos espectadores que en nuestra infancia sentimos pasión incondicional por los globos y por aquella entrañable película de Albert Lamorisse nos convertimos en víctimas fáciles de Up. Una aventura de altura. De hecho, nos cuesta encontrarle grandes defectos a esta nueva producción de Pixar que, siempre desde nuestra debilidad, parece superar a sus antecesoras, entre ellas las aquí reseñadas WALL.E y Ratatouille. Es más… El compromiso afectivo es tal que algunas escenas nos hacen lagrimear.

Muy en el fondo sobrevive un remedo de espíritu crítico que se activa ante un mismo patrón estético, algo no del todo reprochable (los rasgos de los personajes “pixarianos” son tan reconocibles como, por ejemplo, aquéllos de los “aardmanianos“), y ante el esfuerzo denodado por valorar al diferente (al Sr. Fredricksen que es viejo y anti-moderno; a Russell que es gordito y con ojos rasgados; al colorido pajarraco Kevin que es una especie en extinción; al perro Dug que no encaja en la jauría del malvado Charles Muntz).  

Algún espíritu imparcial podrá objetarle al guión de Bob Peterson un alto índice de previsibilidad y una serie de lugares comunes que los amantes de los globos preferimos ignorar (quizás el más flagrante sea el del hombre sin descendencia convertido en abuelo postizo de un niño abandónico). Después de todo, la mayoría de los cuentos infantiles se caracteriza por permitir que su público se dé el gusto de anticipar el triunfo del bien, el amor y la felicidad.

Up cautiva y conmueve por varios motivos. Para algunos, la clave principal se encontrará en la importancia otorgada a unos balloons tan salvadores como aquéllos que rescataron a Pascal Lamorisse en 1956. Para otros, estará en la reivindicación de la vejez, es decir, en la decisión de transformar a un señor mayor en héroe de carne y hueso, incluso con sus achaques físicos a cuestas. Para muchos, se hallará en el gran amor que une a Carl y Ellie, en la amistad que nace entre el Sr. Fredricksen, Russell, Kevin y Dug, y en la lucha contra la ambición desmedida (no sólo la de Muntz sino la del ejecutivo que representa los intereses de una constructora de rascacielos).

Tal vez los pasajes más conmovedores del film giren en torno a ese Libro de aventuras cuyas páginas nos revelan el antes y el después del viaje que anuncia el título en castellano. Esta bitácora de papel aparece al principio y al final del relato, momentos ambos donde Pete Docter y el mencionado Peterson hacen gala de una economía de recursos visuales y verbales que curiosamente (o no) refuerza la emotividad de esta fábula animada.

Up mantiene el equilibrio narrativo que WALL.E y Ratatouille pierden sobre todo a partir de su segunda mitad. Quizás gracias a este logro, no resulta excesivamente larga, aún cuando dura aproximadamente igual que la historia del robot enamorado (apenas dos minutos menos) y que las andanzas de la rata cocinera (apenas cinco minutos menos). 

Los espectadores que en nuestra infancia sentimos pasión incondicional por los globos y por la entrañable película de Lamorisse nos convertimos en víctimas fáciles de la última producción de Pixar. Tanta empatía emotiva, ¿nostálgica?, afectiva inhibe cualquier intención de analizar y eventualmente criticar.

El primer día del resto de nuestras vidas Julio 1, 2009

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Un Cuento de NavidadLa mayoría de los cinéfilos porteños descubrimos a Arnaud Desplechin cuando su película Reyes y reina se estrenó en Buenos Aires hace dos años. Quienes no hayan apreciado su talento en aquel momento tampoco podrán hacerlo ahora, cuando El primer día del resto de nuestras vidas (Un conte de Noël) desembarque en nuestra ciudad*. Desde esta perspectiva, reencontrarse con parte del elenco (Catherine Deneuve, Mathieu Amalric, Emmanuelle Devos y Jean-Paul Roussillon), colarse en la intimidad de una familia disfuncional, lidiar con una fábula de duración excesiva son algunas de las coincidencias que provocan la sensación de déjà vu perturbador.  

Contrariamente a lo que pueda pensarse, la experiencia perturbadora no tiene nada que ver con las anécdotas de muerte prematura, de enfermedad terminal, de infidelidad co-sanguínea, de esquizofrenia adolescente, de enemistad fraterna. En cambio sí molesta el barniz intelectual(oide) de este combo desgraciado, la sospecha de que el guionista y director francés recurre a la tragicomedia para demostrar su pretendida versatilidad.

De esta manera, Desplechin asume una pose entre displicente, crítica, provocadora, y calculadamente conmovedora, que le quita espontaneidad al retrato familiar. De ahí la impresión de que los mencionados Deneuve, Amalric, Devos, Roussillon -así como los demás actores (entre ellos cabe mencionar a Chiara Mastroianni y Anne Consigny)- aparezcan acartonados, incómodos en la piel de personajes tan estereotipados como snobs.

Quizás el aspecto más interesante de Un cuento de Navidad (si nos atenemos a la traducción literal) sea el espacio concedido a la difusión de información sobre un tipo de leucemia y sobre el transplante de médula. También es posible celebrar cierta intención de homenajear al cine o, en otras palabras, la importancia acordada a un televisor cuyas imágenes rescatan escenas de películas conocidas (por ejemplo, alguna protagonizada por Fred Astaire).

Al margen de estos aciertos, algo es seguro: quienes no supieron disfrutar de Reyes y reina harán bien en evitar El primer día del resto de nuestras vidas. Dios no permita que esta otra película de Desplechin les resulte tan pretenciosa, rebuscada, larga, aburrida como su antecesora, dos años atrás.

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* El estreno está previsto para mañana jueves 2 de julio.

Una semana solos Junio 25, 2009

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Una semana solosPor lo visto, la otredad es el anzuelo que Celina Murga usa para tentarnos a sumergirnos en aguas sociológicas. Explícita en el título de un film anterior (cuya protagonista treintañera se reencuentra con ex amigos/compañeros antes familiares, ahora distantes y ajenos), la presencia del otro -de un otro distinto, raro, sospechoso- se convierte en disparador de un nuevo retrato etario y social, esta vez enfocado en un grupo de púberes, pichones del peor prototipo de burgués porteño.

Los protagonistas de Una semana solos viven en un country y, mientras sus padres están de viaje, en una misma casa bajo el cuidado relativo de “la mucama” Esther. La experiencia acotada en términos espaciales y temporales remite a aquellos estudios que los psicólogos realizan mediante una cámara de Gesell o que los entomólogos llevan adelante para examinar insectos.

De una manera mucho más llana que Lucrecia Martel cuando pinta a la burguesía salteña, Murga trabaja con una cámara testigo que -sin mayores juegos de composición escénica- nos permite acompañar, escuchar, observar. De esta manera, encontramos en María, Sofía, Fernando, Quique, Facundo, Tomás, Rodrigo, Timmy gestos, dichos, reacciones de una clase acostumbrada a ser servida, a coimear, a delinquir (a su manera), a discriminar/maltratar/ culpar a una otredad (de nuevo esta noción) ya estigmatizada.

La llegada de Juan exacerba la inconducta, y pone en evidencia la distinción que los porteños con poder adquisitivo suelen hacer entre la negritud confiable (aquí representada por la empleada doméstica y el personal de seguridad) y aquélla sospechosa, peligrosa, condenable (aquí asociada a la condición “foránea” del hermano de Esther y a las villas que las combis escolares bordean cuando llevan a los niños a la escuela).

Por otra parte, la partida de los padres (o una presencia mínima a partir de breves charlas telefónicas) conforma un segundo elemento que nos invita a reflexionar sobre una clase abandónica, despreocupada, negligente, incapaz de asumir la responsabilidad que le compete. También origina una crónica del encierro donde la libertad es sólo una ilusión atribuíble a la ausencia de los progenitores y a la consecuente posibilidad de transgresión.

Por último, la vigilancia policial que rige en el country y en el colegio funciona como indicio de una clase que recurre a la tantas veces exigida “seguridad” para protegerse de ese otro extraño, colado, molesto, perjudicial, y como símbolo de la sociedad de control que tan bien analizó Michel Foucault.

Entre las muchas virtudes de Una semana solos, se destacan la consistencia de un guión sobrio, pertinente, rico en interpretaciones, la muy acertada dirección actoral de chicos cuyas edades oscilan entre los 7 y 14 años, y la intervención de una cámara discreta, nada afín a los golpes de efecto, atenta a los detalles mínimos de una conducta social. ¿Acaso la de nuestra (futura) dirigencia?

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Un párrafo aparte merece la experiencia de ver este largometraje un sábado a la tarde en el Village Recoleta. Al principio, quien suscribe creyó tener el privilegio de encontrarse en una sala beneficiada con la mejor tecnología surround… hasta que comprendió que tanta sonoridad provenía de la inconducta del público repatingado a su alrededor.

El descubrimiento se convirtió en prueba irrefutable de que el retrato de Murga es absolutamente representativo de esa “gente bien”, tan incapaz de discernir entre libertad de acción y respeto por el prójimo.