Prom night in Mississippi 14 Diciembre 2009
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Bendito sea el zapping. Por obra y gracia del control remoto, Ud. puede recalar en HBO justo cuando el canal premium proyecta el documental Prom night in Mississippi. De tener esa suerte, aprovéchela: de la mano de Morgan Freeman, el trabajo escrito y dirigido por Paul Saltzman le permitirá descubrir o confirmar la plena vigencia del apartheid en suelo norteamericano. De paso, podrá apreciar el retrato de aquel otro Estados Unidos tan ajeno al slogan atlético, democrático y libertario que tanto promociona Hollywood.
Así como en 2006 Spike Lee denunció el maltrato que sufren los estadounidenses de segunda categoría a partir de lo ocurrido en la New Orleans arrasada por el huracán Katrina, en 2008 Saltzman señala la misma discriminación a partir de un evento cotidiano, mucho menos crítico o trascendente: la fiesta de egresados que tiene lugar en el secundario East Tallahatchie del pueblo sureño de Charleston.
Creer o reventar, desde sus inicios y hasta el año pasado autoridades, padres y alumnos del establecimiento organizaron dos entregas de diplomas: una para los bachilleres negros (el 70% de la población escolar); otra para los blancos (el 30%). El interés del documental parte de la propuesta de Freeman de financiar un festejo único (por lo tanto interracial), y consiste en registrar las reacciones dentro y fuera de la comunidad académica.
Prom night in Mississippi se concentra en el presente de esos chicos todavía signados por el racismo de antaño. Si bien algunas fotos y declaraciones aluden al pasado, las entrevistas realizadas a directores, preceptores, profesores y futuros egresados abordan una ceremonia cuya vigencia revela prejuicos, tensiones, conflictos contemporáneos.
Saltzman hace hincapié en el comportamiento de los adultos. De ahí que les preste especial atención al padre WASP empecinado en impedir que su hija de 17 años salga con su noviecito negro, o a uno de los preceptores (también blanco) preocupado por la seguridad con la que contará la fiesta, dado que los alumnos de color serían más propensos a llevar alcohol, pastillas y/o armas (este hombre nunca habrá visto Bowling for Columbine).
Algunos espectadores pensamos en Mississipi en llamas cuando vemos Prom night… Al margen de sus grandes diferencias, ambas películas permiten trazar una línea histórica entre la desaparición de universitarios negros que tuvo lugar en otro pueblo de ese mismo Estado en 1964 (y que Alan Parker filmó en 1988) y la segregación que en pleno siglo XXI sufren estudiantes secundarios como los de la East Tallahatchie County School.
Esta continuidad imaginaria adquiere consistencia cuando recordamos las máximas KKK, tan actuales como la modernísima Internet.
En un tercer o cuarto plano, este documental también evoca algunas observaciones de Morgan Spurlock en Super size me. Los memoriosos relacionarán las referidas a la mala alimentación de los adolescentes (en parte atribuible a los menúes hipercalóricos que ofrecen los comedores escolares) con el sobrepeso de la mayoría de los alumnos que entrevista Saltzman.
No olvide bendecir las bondades del zapping. De tener suerte, Ud. podrá dar con un documental tan revelador como Prom night in Mississippi.
Háblame de la lluvia 11 Diciembre 2009
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Quienes disfrutamos de El gusto de los otros y luego nos sentimos desencantados por Como una imagen encontramos en Háblame de la lluvia una suerte de reparación cinematográfica. De hecho, la tercera película que Agnès Jaoui dirige (y vuelve a co-escribir y co-protagonizar con su marido Jean-Pierre Bacri) recupera el buen pulso que distinguió a aquel primer largometraje estrenado en Argentina en 2001 y que perdió ritmo en la segunda propuesta filmada tres años más tarde.
Antes de esta nueva película, algunas salas porteñas proyectan los avances de Avatar, 9, Alicia en el país de las maravillas, Amante a domicilio con Ashton Kutcher, todos títulos representativos de la industria del entretenimiento. En esas circunstancias, resulta imposible ignorar el enorme contraste entre las historias mínimas que cuenta la directora y guionista francesa y el espectáculo artificioso que a Hollywood le encanta producir y promocionar.
Después de escuchar los coros y orquestas ¿góticos? que musicalizan el enfrentamiento entre extraterrestres y marines holográficos, la supervivencia post-apocalíptica de extraños muñequitos de trapo, las andanzas de criaturas inspiradas en una novela de Lewis Carroll, deleita nuestros oídos la banda de sonido que Jaoui elige para acompañar el (des)encuentro de personajes nada extraordinarios, simples mortales. Un poco de Vivaldi, otro poco de Schubert, algo de The king’s singers y las fanfarrias interpretadas por la Banda Municipal de Santiago de Cuba (¿insertadas por influencia almodovariana?) nos acercan a la arista más tierna y adorable de nuestra condición humana.
Ni Karim, ni Michel, ni Stéphane, ni Antoine responden siquiera remotamente al prototipo mujeriego que Nikki/Kutcher encarna según el imaginario made in Los Ángeles. Ni Agathe, ni Florence, ni Aurélie -mucho menos Mimouna- se parecen a las leonas/vampiresas que integran el combo del cine-pochoclo.
Quizás por eso, aunque de pura cepa argentina, algunos espectadores nos sentimos cerca de estos franceses y no tan franceses cotidianos. Por supuesto, quienes además conocemos la idiosincrasia gala y magrebí disfrutamos todavía más del retrato tierno, entrañable que presentan Jaoui y Bacri, y de las actuaciones que ofrecen el mismo matrimonio, Jamel Debouzze, Pascale Arbillot, Florence Loiret, Guillaume de Tonquedec y Mimouna Hadji.
Es poco probable que Háblame de la lluvia sea una propuesta válida para el público ansioso por asistir al estreno de Avatar, 9, Alicia en el país de las maravillas y/o Amante a domicilio. En cambio, sí será apreciada por los seguidores de las dulces comedias corales europeas y por quienes reprobaron Como una imagen mientras todavía recordaban El gusto de los otros.
2012 7 Diciembre 2009
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Cuando Adrian Helmsley lo felicita por ser el autor del libro Atlantis, Jackson Curtis responde que los críticos lo demolieron por considerarlo optimista e ingenuo, y enseguida agrega con amarga ironía “después de todo, qué saben ellos”. Quizás ésta sea la astucia más grande de Roland Emmerich, director y co-guionista de la recién estrenada 2012: poner en boca del protagonista un descargo anticipado por si al periodismo especializado se le ocurre descalificar su nueva película (el viejo truco de golpear antes de ser golpeado).
Por lo demás, las astucias escasean en esta otra película sobre el inminente fin de la Humanidad. A menos que consideremos una jugada maestra la decisión, en honor a la administración Obama, de convocar a tres actores de raza negra (Chiwetel Ejiofor, Danny Glover y Thandie Newton) para que encarnen a tres personajes igual de sensibles, comprometidos y sacrificados: un científico de alto rango, el Presidente de los Estados Unidos y su hija.
A menos que veamos en el divorciado Curtis un homenaje al Ray Ferrier que Tom Cruise compuso para la última adaptación de La guerra de los mundos. Por lo pronto, ambos personajes se presentan como improvisados, desorganizados y terminan revelándose como amantísimos padres protectores, además de aguerridos y osados.
A menos que la idea de reeditar la epopeya de Noé desde el futurismo trágico pretenda compensar el bochorno ocasionado por la adaptación cómica, también made in Hollywood. Nobleza obliga, los efectos especiales de 2012 impactan mucho más que los desplegados en El regreso del Todopoderoso.
Jackson Curtis le queda chico al John Cusack que la mayoría disfrutamos en ¿Quieres ser John Malkovich?, Alta Fidelidad, incluso en Must love dogs y Digan lo que quieran. Algo similar ocurre con el Thomas Wilson (vaya apellido presidencial) que le tocó en suerte a Glover, de la Laura Wilson a cargo de Newton, del Charlie Frost híper exagerado por Woody Harrelson.
En todo caso, Oliver Platt se llevará las palmas por interpretar -por milésima vez- a un tipo egoísta, ambicioso e inescrupuloso aunque nunca malvado del todo. Curiosamente sus personajes son demasiado cobardes como para alcanzar el status de villano despiadado.
Asumiendo la existencia de un género apocalíptico, 2012 es fiel a las reglas que exige la industria del entretenimiento. A saber: abundancia de FX, constitución de un héroe a partir de la figura de ciudadano raso, retrato de las fuerzas políticas y militares como agentes de salvación organizada, reivindicación de la solidaridad, apuesta a la reconciliación entre religiones y nacionalidades, final feliz que garantiza nuestra supervivencia.
Además de optimista e ingenua, la película de Emmerich es pretenciosa, previsible, excesivamente larga. Por éstos y otros motivos, algunos espectadores flaqueamos ante la tentación de demolerla… pero finalmente no lo hacemos. Después de todo, ¿qué sabemos?
Rescate del metro 123 30 Noviembre 2009
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Imposible ignorar la mano de Tony Scott en Rescate del metro 123. Al menos quienes vieron Déjà vu reconocerán ese estilo pretendidamente dinámico que consigna fechas y/u horas-minutos, acelera/anula tiempos muertos, genera tensión a partir de un terrorismo que siempre mata (o amenaza con matar) en función de algún plazo. El cartón se llena cuando aparece el también antes convocado Denzel Washington: la película aporta poco y nada no sólo como remake sino como novedad en la filmografía de quien supo hacerse fama con la inquietante El ansia y la taquillerísima Top gun.
El largometraje desembarcó en Buenos Aires a mediados de año, y se mantuvo poco tiempo en la cartelera local. Con un poco de humor, la indiferencia del público porteño podría explicarse por razones ajenas a la cuestión cinematográfica. Por lo pronto, desde esta perspectiva, los problemas reales con Metrovías quitarían las ganas -la curiosidad- de asistir a un secuestro ambientado en la red subterránea neoyorkina.
Al margen de eventuales chascarrillos, lo cierto es que Rescate del metro 123 aburre por dos motivos principales. Por un lado, el guión de Brian Helgeland es tan previsible que hasta adivinamos la función del pack de leche, primero, en la breve conversación telefónica entre el protagonista bueno y su esposa, luego, en el desenlace con moño.
Por otro lado, las actuaciones oscilan entre la exageración total (el Ryder de John Travolta es una maquieta) y la inexpresividad absoluta (qué pena da verlos a John Tuturro en la piel del negociador Camonetti y a James Gandolfini, en la del alcalde de NY). En el medio, Denzel se repite a sí mismo cuando vuelve a encarnar a un héroe a pesar suyo, calmo, casi desapasionado, pero más eficiente que cualquier profesional.
Quizás lo más rescatable de este film sea el esfuerzo técnico y de producción a la hora de recrear la parafernalia de la policía neoyorkina, choques automovilísticos, corridas acrobáticas y fusilamientos impulsivos. Algunos espectadores también valorarán la presunta intención de probar que el terrorismo no es exclusividad de los malditos musulmanes, y que la Gran Manzana a veces es víctima de sus propios ciudadanos y alcaldes.
El arte de hacer llorar 27 Noviembre 2009
Posted by María Bertoni in Cine.7 comments
En una entrevista que le concedió a James Lipton para Inside the actors studio, Anthony Hopkins explicó que el buen actor dramático se destaca no porque sepa llorar en cámara sino porque sabe provocar el llanto (en los espectadores) sin (él) derramar una sola lágrima. La autora de este post recuerda cuatro escenas que respetan esta máxima, y cuenta una segunda anécdota con la intención de ilustrar la lección de Sir Tony.
Secretos y mentiras de Mike Leigh.
Cynthia Rose (Brenda Blethyn) acepta encontrarse con quien dice ser su hija entregada en adopción hace más de veinte años. Sentada a la mesa de una confitería, esta mujer blanca, de condición humilde, apenas puede sostener su taza de té cuando Hortense (Marianne Jean-Baptiste), de raza negra, le muestra la documentación que prueba su filiación.
Bleu de Krzysztof Kieslowski.
Julie (Juliette Binoche) no siente nada por la repentina (y trágica) muerte de su marido. Contrariada por este “efecto anestesia”, la viuda araña las paredes que la escoltan mientras camina: parece apostar a que el dolor físico le abra las puertas al dolor anímico.
En busca del destino (o Good will hunting) de Gus Van Sant.
En la última sesión, el Dr. Sean Maguire (Robin Williams) repite tres veces “it’s not your fault”. El paciente Will Hunting (Matt Damon) atina a contestar “I know” pero se resiste a aceptar la liberación de culpa y cargo.
Gente como uno de Robert Redford.
Desde las escaleras de su casa, Beth (Mary Tyler Moore) sorprende a Calvin (Donald Sutherland) sentado en la penumbra, reflexivo. Le pregunta qué le pasa. Su esposo le explica que después de todo lo sucedido (el accidente fatal de un hijo, el intento de suicidio de otro) la desconoce, que no está seguro de seguir queriéndola.
Curiosamente, también en una charla con Lipton, Sutherland padre contó que existieron dos versiones de esta escena. De hecho, en la primera dijo su parlamento llorando, y en la segunda lo hizo sin derramar una lágrima.
Tras repasarlas y compararlas, tanto el actor como el director Redford llegaron a la conclusión de que la interpretación “en seco” conmovía mucho más. La segunda fue entonces la versión definitiva que quedó “impresa”.

