Philomena, de Stephen Frears

Algunos espectadores porteños nos apuramos a ver Philomena, no para sumar otra película a la lista de candidatas vistas antes de la entrega de los Oscar, no para asomarnos a la historia real que la prensa mundial contó con lujo de detalles, no porque nos interese usar otro caso/argumento irrefutable para despotricar contra la Iglesia católica. Nada de eso… Algunos espectadores porteños esperamos y asistimos a este estreno porque ansiamos reencontrarnos con Stephen Frears y Judi Dench. De ahí el sabor agridulce con el que abandonamos la sala, una vez terminada la función.

Tras el desencanto que tiempo atrás nos provocaron Chéri y La reina, ya deberíamos habernos despedido del director que hizo Ropa limpia, negocios sucios, Sammie y Rosie van a la cama, Relaciones peligrosas, Alta fidelidad… O tal vez debamos despedirmos del espectador que fuimos cuando celebramos estos cuatro films.

Sin embargo, antes de cada anuncio de trabajo nuevo, nos la ingeniamos para ignorar otros antecedentes menores como Héroe accidental y El secreto de Mary Reilly, además de limitaciones propias. Entonces volvemos a apostar al regreso del mejor Frears, y al eventual criterio cinéfilo de nuestros años mozos.

Pues bien, habrá que seguir esperando… Aunque de una calidad visual y actoral inobjetable, Philomena es menos una película de autor que la prolija reconstrucción de un caso real. De hecho podemos trazar cierto paralelismo entre Frears y el co-protagonista en el largometraje y en la historia recreada, Martin Sixsmith: ambos hacen su trabajo con profesionalismo pero con una distancia excesiva que desangela el ejercicio periodístico y cinematográfico según el caso.

Antes de seguir, cabe aclarar que estas observaciones distan de constituir una opinión negativa. A diferencia de la también candidata al Oscar 12 años de esclavitud de Steve McQueen (otra adaptación de un libro que cuenta una historia real), Philomena no es una mala película. Se trata, más bien, de una producción convencional, que encapsula en flashbacks los orígenes del drama relatado, que apela a breves confrontaciones verbales para marcar las diferencias de formación y personalidad entre los protagonistas, que se apoya en esta oposición para invitar a reflexionar sobre la fe, sobre la inconducta de algunos miembros de la Iglesia católica, sobre la condición imprescriptible de ciertos delitos, sobre la presunta naturaleza indeleble del vínculo entre madre e hijo biológicos.

Mucho más estimulante, el reencuentro con Dench sí cubre las expectativas de sus seguidores. Al margen de la caracterización que la hace muy parecida a la verdadera Philomena Lee, la actriz británica convence y conmueve con un personaje muy diferente a la hípercerebral ‘M’ en las aventuras de James Bond, a la escritora enferma de Alzheimer Iris, a la profesora acosadora de Escándalo.

Una vez más, Dame Judi hace gala de su versatilidad. En esta ocasión consigue transmitir, sin ninguna pose o gesto artificioso, los sentimientos de angustia, culpa, impotencia, serenidad que atraviesa esta mujer en busca de su hijo entregado en adopción contra su voluntad, cincuenta años atrás. En este punto, cabe señalar la contribución de un guión sobrio, co-escrito por el actor Steve Coogan, que también encarna al mencionado Sixsmith

Igual que una conocida cerveza argentina, Philomena también sabe a reencuentro (en este caso, reencuentro cinéfilo). El gusto es agridulce para los espectadores desencantados con Frears y satisfechos con Dench.

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