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Escándalo WikiLeaks. Blog oficialista en la mira del Departamento de Estado norteamericano 30/11/2010

Posted by María Bertoni in Universo Web.
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Aunque el historial (seguramente adulterado) sitúa el inicio de actividades en septiembre, Mesa de autoayuda K nació como proyecto reclutador pocos días después de la muerte del dictador Néstor Kirchner. Especie de Adrián Suar en el ámbito gubernamental, Aníbal Fernández pergeñó este blog destinado a formar nuevos militantes kirchneristas. El Jefe de Gabinete de Ministros lo financia con dinero del presupuesto nacional, es decir, con dinero de todos los argentinos.

Rinconete, Elbosnio, Marce, Uturunco, Leo son los nombres de guerra de quienes administran este “grupo de autoayuda para quienes padecen ciertas molestias ante comentarios antiK e incluso descubren alguna tolerancia al peronismo”. Entre otras ocurrencias, los cinco bloggers dictan “clases de estilo” que, por ejemplo, enseñan a transformar al “kirchnerista vergonzoso” en “kirchnerista entusiasta” y en el blogroll publican falsas encuestas destinadas a desprestigiar a la oposición.

Exclusiva de Espectadores, ésta es la transcripción de otro extracto de las últimas filtraciones de WikiLeaks que también hacen al “capítulo argentino“, pero que los medios nacionales evitan difundir. La captura que ilustra el presente post corresponde al documento confidencial cuyo contenido reveló la polémica enciclopedia fundada por The Sunshine Press.

Mercenarios creativos 30/11/2010

Posted by María Bertoni in Visto y Oído (¡más!).
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Adherida a un cartel ubicado en la esquina de Córdoba y Reconquista, la calcomanía con la leyenda “Matamos por encargo” interrumpe la caminata de varios porteños. La tipografía sanguinaria y mayúscula anuncia -un poco al estilo Crónica- el servicio y dos números de teléfono.

La letra chica especifica perfil de víctimas, métodos empleados y contacto online. La aclaración desilusiona a quienes ya habían fantaseado con contratar alguna vendetta… pero todos celebran la creatividad de los mercenarios.

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PD. Si será efectiva: uno, dos bloggers también le dedicaron un post.
PD’. La empresa española Galides utiliza el mismo slogan.

Nueva Ley de Salud Mental. Celebración de una ciudadana lega en la materia 29/11/2010

Posted by María Bertoni in Visto y Oído (¡más!).
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Locura, droga, delincuencia son los tres fantasmas que me acechaban cuando fantaseaba sobre mi futuro en tiempos de pubertad/adolescencia. Por alguna razón consideraba a la sinrazón, la adicción, el crimen como fenómenos inherentes a la condición humana y a veces, mal que me pesara, fatalidades inevitables.

Más que estos flagelos, me atemorizaba la solución puesta en la reclusión. Más que el encierro o privación de la libertad, me aterraba la posibilidad de convertirme en víctima de la violencia institucional. De hecho, ya desde temprana edad sospechaba que -aún confinada por algún diagnóstico o sentencia justos- terminaría de perderme en el manicomio, clínica de desintoxicación o cárcel que me tocara en suerte.

Por esos años, el término “detención” completaba la expresión “centro clandestino de”, y la Colonia Montes de Oca adquiría protagonismo mediático tras la misteriosa desaparición de la doctora Cecilia Giubileo. Por lo visto, subversivos y locos parecían condenados a un mismo destino escalonado y macabro: desaparición, tortura, muerte, entierro NN.

Quienes osaran denunciar esta suerte de “solución final” corrían una suerte similar. Aprendí entonces que los perversos más siniestros saben conquistar a la opinión pública en nombre de la moral, el bienestar y la normalidad.

Con el tiempo descubrí la obra de Michel Foucault y quedé anonadada con su monumental Historia de la locura en la época clásica. Entre otras cuestiones, su teoría del “gran encierro” cuestiona al Estado occidental por confundir “cura” o “recuperación” con “exclusión”, “reclusión” y “castigo”.

Este último término legitima la negación de los derechos individuales de delincuentes, locos, drogadictos y otros enfermos. Leprosos, por ejemplo.

El terror púber/adolescente sacudió la realidad de mis incipientes 30 cuando reconocí constataciones de Foucault en los dos geriátricos que albergaron a mi padre enfermo de Alzheimer. Pésima combinación, ancianidad y senilidad.

No trabajo en el ámbito de la psiquiatría y, al margen de dos visitas a La Colifata, dejé de tener contacto con la demencia desde el fallecimiento en 2005 de mi querido viejo. Aunque lega en la materia, celebro la nueva Ley de Salud Mental que el Senado sancionó el jueves pasado, y que el ex Diputado Nacional del ARI Leonardo Gorbacz presentó en marzo de 2007.

Debatido a lo largo de tres años, el proyecto tomó lo mejor de algunas leyes provinciales pioneras y de otras hoy en debate. Contó con “apoyos y aportes” del CELS, la OPS, la OMS, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, el Consejo Federal Legislativo de Salud, el Foro de Desmanicomialización, el INADI, referentes académicos y de asociaciones de familiares.

Uno de los aspectos más importantes de la flamante reglamentación es el reconocimiento de los derechos humanos de personas históricamente invisibilizadas. Esta gacetilla difundida por el Centro de Estudios Legales y Sociales recuerda que actualmente unos 25 mil argentinos se encuentran recluidos en asilos psiquiátricos “donde sufren privación de la libertad en celdas de aislamiento, abusos físicos y sexuales, falta de atención médica, condiciones insalubres de alojamiento, ausencia de rehabilitación, tratamientos inadecuados, sobrepoblación y muertes que no son investigadas”.

Más del 80% de estos compatriotas son encerrados por más de un año y muchos, de por vida. La mayoría son pacientes sociales que podrían desarrollar su vida fuera de una institución pero que no cuentan con alternativas para hacerlo. La Corte Suprema de Justicia de la Nación calificó su situación como de extrema “vulnerabilidad, fragilidad, impotencia y abandono”.

Sin dudas, la nueva Ley de Salud Mental tardará en revertir esta realidad. Mientras tanto, su sola sanción apacigua el alma de quienes imaginamos, conocemos, tememos el infierno de reclusión y violencia institucional.

Locura, droga, delincuencia son los tres fantasmas que me acechaban cuando fantaseaba sobre mi futuro entiempos de pubertad/adolescencia. Por alguna razón consideraba a la sinrazón, la adicción, el delito como 

fenómenos inherentes a la condición humana, y por lo tanto tragedias a veces inevitables.

Más que estos flagelos, me atemorizaba la pretendida solución: la reclusión. Más que el encierro, es decir,

más que la privación de la libertad, me aterraba la posibilidad de convertirme en víctima de la violencia

institucional. De hecho, ya desde temprana edad sospechaba que -aún en caso de confinamiento por diagnóstico

o sentencia justos- terminaría de perderme en el manicomio, la clínica de desintoxicación o la cárcel que me

tocaran en suerte.

Por esos años el término “detención” completaba la expresión “centro clandestino de”, y la Colonia Montes de

Oca adquiría protagonismo mediático tras la misteriosa desaparición de la doctora Cecilia Giubileo.

Subversivos y locos parecían condenados a un mismo destino combinado y macabro: desaparición, tortura,

muerte, entierro NN.

Quienes osaran denunciar esta suerte de solución final corrían una suerte similar. Aprendí entonces que los

perversos más siniestros saben conquistar a la opinión pública en nombre del bienestar y la normalidad.

Con el tiempo descubrí la obra de Michel Foucault y quedé anonadada con su monumental Historia de la locura

en la época clásica. Entre otras cuestiones, su teoría del “gran encierro” cuestiona al Estado occidental

por confundir cura o recuperación con exclusión y castigo.

Este último término admite y legitima la negación de los derechos individuales de delincuentes, locos,

incluso otro tipo de enfermos. Los leprosos, por ejemplo.

Reconocí a las constataciones de Foucault en los dos geriátricos que albergaron a mi padre enfermo de

Alzheimer. El terror púber/adolescente sacudió la realidad de mis incipientes 30.

No trabajo en psiquiatría y, al margen de dos visitas a La Colifata, dejé de tener contacto con la demencia

desde el fallecimiento de mi progenitor. Aunque lega en la materia, celebro la nueva Ley de Salud Mental que

el Senado sancionó el jueves pasado y que el ex Diputado Nacional del ARI Leonardo Gorbacz presentó en marzo

de 2007.

Debatido a lo largo de tres años, el proyecto tomó lo mejor de algunas leyes provinciales que fueron

pioneras y de otras que hoy están en debate. Contó con “apoyos y aportes” del CELS, la OPS, la OMS, la

Secretaria de Derechos Humanos de la Nación, el Consejo Federal Legislativo de Salud, el INADI, el Foro de

Desmanicomialización, referentes académicos y de asociaciones de usuarios y familiares.

Uno de los aspectos más importantes de la flamante Ley de Salud Mental es el reconocimiento de los derechos

humanos de personas históricamente invisibilizadas. Esta gacetilla difundida por el Centro de Estudios

Legales y Sociales recuerda que unos 25 mil argentinos se encuentran recluidos en asilos psiquiátricos donde

sufren privación de la libertad en celdas de aislamiento, abusos físicos y sexuales, falta de atención

médica, condiciones insalubres de alojamiento, ausencia de rehabilitación, tratamientos inadecuados,

sobrepoblación y muertes que no son investigadas.

Más del 80% de estos compatriotas son encerradas por períodos mayores a un año y muchos permanecen allí de

por vida. En la mayoría de los casos se trata de “pacientes sociales”, que podrían desarrollar su vida fuera

de una institución pero que no cuentan con alternativas para hacerlo. La Corte Suprema de Justicia de la

Nación calificó su situación como de extrema “vulnerabilidad, fragilidad, impotencia y abandono”.

La nueva Ley de Salud Mental tardará en combatir, revertir, reparar esta realidad. Mientras tanto, su sola

sanción apacigua el alma de quienes imaginamos/conocemos/tememos el infierno del encierro y la deshumanización.

La comunidad toba, entre la violencia institucional y la indiferencia mediática 26/11/2010

Posted by Otros espectadores in Periodismo/Medios.
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Por Jorge Gómez
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Desde hace unos cuatro meses, ciudadanos originarios del pueblo Qom (toba) que viven en el paraje Laguna Blanca protestan sobre la ruta 86 en Formosa. Exigen que su derecho de propiedad sobre las tierras habitadas sea reconocido por las autoridades provinciales.

Es un conflicto antiguo por el que esta comunidad ha sido reprimida muchas veces. Ya en enero de este año el director del INADI Claudio Morgado declaró: “La situación de violencia que está viviendo la comunidad se da no sólo por el acoso policial sino también por la falta de alimentación, de asistencia sanitaria y de autonomía entre otros derechos no respetados”.

El martes pasado, la policía atacó a balazos a estos compatriotas acostumbrados a resistir la miseria y el desprecio. Muchos terminaron resguardándose en el monte, aterrados por la represión policial que arrasó sus viviendas y que dejó un saldo de dos muertos, varios heridos (uno de gravedad) y 25 detenidos. Entre los uniformados también hubo una víctima fatal y un herido de flecha en el pecho.

El episodio descubre dos problemas. Uno social: la existencia de comunidades originarias a las que se les niega sus derechos y que se defienden con flechas de la policía que los mata a balazos. Otro periodístico: la invisibilidad de esta lucha para los grandes medios nacionales.

A la violencia brutal que suponen la naturalización de la represión y el despojo de tierras, debemos sumarle la ausencia de estos pueblos originarios en la agenda pública. El silencio cómplice frente al asesinato, el desprecio final.

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PD. Dos años atrás, la comunidad toba también fue víctima de violencia institucional y de indiferencia mediática.

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Actualización de las 11.10 hs.
En general, las últimas informaciones indican que los muertos fueron dos en total: un manifestante y un policía. Sin embargo, en su edición de hoy Minuto Uno consigna lo siguiente: el adjunto de la Defensoría del Pueblo de la Nación, Juan Jesús Mínguez, dijo que “nadie tiene la certeza” sobre el número de muertos por la represión policial en el desalojo de una protesta aborigen en Formosa y afirmó que “hay gente herida que todavía no fue atendida”.

Quizás la mejor manera de informarnos sea seguir de cerca este blog.

Bailando en el cementerio 25/11/2010

Posted by María Bertoni in Cine, TV.
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En Argentina no deben ser muchos los admiradores de Brenda Blethyn pero que los hay, los hay. Pensando en ellos, Espectadores publica esta recomendación de Bailando en el cementerio, película que la actriz británica co-protagoniza con el también adorable Alfred Molina, y que Europa Europa proyectó tiempo atrás… y siete años después del estreno en la cartelera local.

Sabíamos que Blethyn se luce en comedia (por ejemplo, en El jardín de la alegría y en Pequeña voz) y drama (¿quién no lagrimeó con Secretos y mentiras y la más reciente London River?). Lo que no sabíamos es que también puede bailar, o al menos hilar una serie de pasos simples con la coreografía más compleja que ejecuta una doble.

Molina la acompaña con un charme que expresa el amor de su Boris por la Betty de Brenda, y que ilustra el homenaje a Ginger Roger y Fred Astaire.

A ambos los secundan Christopher Walken (que también hace gala de su comprobada facilidad para la danza), Robert Pugh (su villano de pacotilla nos reconcilia con el rostro que todavía hoy asociamos al padre incestuoso de Actos privados), Naomi Watts (por lo visto, hacía comedias antes de que la convocara Woody Allen), Lee Evans (a la par de Ben Stiller y Matt Dillon, tercer loco por Mary) y el conductor Jerry Springer (que hace de sí mismo).

Bailando en el cementerio pertenece al género que ahora llaman “feel good movie“. Sin ninguna relación con la traducción tinelliana, el título original Undertaking Betty insinúa la intención de burlar a la muerte, o a quienes lucran con ella, y anuncia el protagonismo acordado a una lady que -para beneplácito de ¿pocos? admiradores- encarna la encantadora Blethyn.

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