Secuestro y muerte 29/10/2010
Posted by María Bertoni in Cine.trackback
Quizás porque la muerte de Néstor Kirchner eclipsa las demás noticias, incluida la promoción que supone el recambio de la cartelera cinematográfica, el estreno de Secuestro y muerte (previso para ayer jueves 28) se pospuso hasta nuevo aviso.
Con guión de Beatriz Sarlo, David Oubiña y Mariano Llinás, el largometraje de Rafael Filipelli recrea las últimas 72 horas de vida del General Pedro Eugenio Aramburu antes de ser ejecutado por la agrupación Montoneros. Quienes lo vimos cuando inauguró la última edición del BAFICI no guardamos el mejor recuerdo.
La película pretende menos contar o recrear un episodio de nuestra historia contemporánea que aprovecharlo para repasar razones, valores y principios ideológicos. Los personajes se convierten entonces en maquietas funcionales a un discurso casi panfletario que subraya la falta de madurez/idoneidad de los secuestradores y la incapacidad de autocrítica por parte del secuestrado.
Los actores se limitan a recitar, y entre ellos Enrique Piñeyro vuelve a demostrar que lo suyo es la investigación/producción/dirección antes que la interpretación. Si a esto le sumamos el hecho de que la acción se desarrolla en dos o tres escenarios acotados, Secreto y muerte parece una obra de teatro filmado que confunde invitación a la reflexión con simple declamación.
Según el amigo Rinconete, esta aproximación responde a la “voluntad artística de Filipelli”. Cabe preguntarse si esta combinación entre cine e historia es la más pertinente para convocar y enriquecer el análisis y la discusión.
Habrá que esperar al estreno reprogramado para intentar una respuesta.






También es probable que los distribuidores de Secuestro y muerte hayan desestimado el contexto actual para estrenar una película que, a la vista de algunos, edulcora (casi-casi beatifica) a Aramburu.
No se si lo edulcora, sino que intenta describirlo como el líder político que sin duda fue (a diferencia de un patán integrista como Onganía). Se ve que al director le interesó más Aramburu que sus jóvenes secuestradores, que están más bien desdibujados.
Pero el problema, creo, es un problema de tono. Nunca lo encuentra. Parece efectivamente teatro filmado o más bien una representación doble. Como si los secuestradores y Aramburu en realidad estuvieran ¨representando¨ una obra y no llevando a cabo un secuestro. El resultado es demasiado artificioso.
Una lástima. Era una gran historia con grandes guionistas (Sarlo y Llinás).