No bombardeen Buenos Aires (otra vez) 16/06/2010
Posted by María Bertoni in Visto y Oído (¡más!).6 comments
Los ghurkas siguen avanzando
los viejos siguen en T.V.
los jefes de los chicos
toman whisky con los ricos
mientras los obreros hacen masa
en la Plaza como aquella vez
como aquella vez”.
En estos versos de “No bombardeen Buenos Aires“, Charly García les pide piedad a los ingleses en plena Guerra de Malvinas, y de paso recuerda la movilización obrera y sindical que -el 17 de octubre de 1945 y desde la siempre politizada Plaza de Mayo- exigió la liberación del entonces secretario de Trabajo Juan Perón (¿el ave fénix de nuestro rock nacional habrá querido compararla, para bien, con la jornada de protesta del 30 de marzo de 1982 o, para mal, con la manifestación de apoyo organizada cinco días después?).
La mención de aquella concentración que el peronismo/justicialismo convirtió en hito forjador de un Día de la Lealtad desencadena otro recuerdo: el de aquel 16 de junio de 1955, cuando cientos de civiles desprevenidos fueron muertos y heridos por las bombas que aviones pertenecientes a la Marina Naval Argentina arrojaron en Plaza de Mayo con la intención de derrocar al gobierno del entonces Presidente Perón.

Hoy se cumplen 55 años desde el ataque aéreo que anticipó el rol de la Armada no sólo en la llamada Revolución Libertadora sino en las gestas totalitarias que vendrían después, incluido el golpe militar de 1976. De ahí el fenómeno de herencia ideológica que vincula al Almirante Isaac Rojas con el Almirante Emilio Eduardo Massera.
De ahí la necesidad de conmemorar otro aniversario redondo que nos invita a analizar nuestro pasado (en este caso reciente) y a velar por nuestro presente (para que, parafraseando al gran Charly, no nos bombardeen… otra vez).
Antichrist, de Lars von Trier 15/06/2010
Posted by María Bertoni in Cine.5 comments
Cuando se estrene (si es que se estrena) en el circuito comercial porteño, Antichrist de Lars von Trier causará la misma división de aguas que enfrentó a críticos y públicos de otras ciudades cinéfilas. La feroz discrepancia remite, entre otras cuestiones, al peor defecto de la última película del director danés: su desembozada intención, ya no de provocar, sino de escandalizar. Algunos espectadores sentirán que esta falta de disimulo insulta su inteligencia; otros sabrán entretenerse con una propuesta empecinada en -como dicen los franceses- “épater les bourgeois”.
La escena de sexo explícito que inicia el film y que contextualiza la tragedia disparadora de todo lo patológico/siniestro/perverso/diabólico por venir es la primera punta de un iceberg concebido para rasgar vestiduras. Nadie critica que, fiel a su filmografía, Lars vuelva a señalar la energía contradictoria del coito, capaz por un lado de bestializar, violentar, sujetar, victimizar, enfermar y, por otro lado, de liberar, rescatar, recuperar, sanar. En cambio, sí se trata de cuestionar la forma explícita del mensaje.
A la elocuencia de algunos planos detalle, se suma el ejercicio del ralenti. La coreografía en cámara lenta evoca cierta estética porno que reaparece en el transcurso del largometraje y que -valga la insistencia- genera suspicacias respecto de las verdaderas intenciones de von Trier.
Por momentos, da la sensación de que el fundador de Dogma 95 encuentra en la profecía del Anticristo la excusa ideal para rendirle homenaje al cine de terror, especialmente a aquél inspirado en la presencia y el accionar demoníacos. La aparición de un zorro animado (con ánima satánica), la intrigante lluvia de bellotas, la misteriosa conducta de un niño enigmático, la conversión mefistofélica del personaje (pa’colmo mujer) encarnado por Charlotte Gainsbourg, la victimización del esposo (pa’colmo psicólogo) interpretado por el ¿reincidente? Willem Dafoe, la ambientación en una casa de campo de nombre Edén pero sin absolutamente nada de bucólico ni paradisíaco son algunos de los elementos a favor de esta primera hipótesis.
Por momentos, parece que la misión principal de Antichrist es molestar al statu quo burgués… con el drama que supone la muerte “accidental” de un hijo pequeño, con la minimización/ridiculización de la racionalidad psi, con la idea de desarrollar el potencial perverso y asesino de gente bien (como en Los idiotas, aquí también los protagonistas son profesionales con poder adquisitivo y ciudadanos dignos del Primer Mundo).
En ambos casos, von Trier fracasa. No tanto porque falla a la hora de generar terror y/o de sacudir al espectador bienpensante, sino porque es incapaz de disimular su verdadera intención de escándalo, irreverencia y maldición.
Sí al matrimonio entre raros 14/06/2010
Posted by María Bertoni in Visto y Oído (¡más!).10 comments
Ésta es una carta anónima que circula por Internet, y que el diario Página/12 publicó ayer en su suplemento dominical. Aunque no acostumbra a refritar material que ya figura online, Espectadores se permite una excepción a modo de apoyo al matrimonio entre personas del mismo sexo.
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Estoy completamente a favor de permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo.
El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos. Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Argentinidad redonda 11/06/2010
Posted by María Bertoni in Visto y Oído (¡más!).2 comments
Cuesta no dedicarle un post al Mundial 2010 aún cuando éste no es un blog futbolero, ni siquiera deportivo… Aún cuando a algunos nos fastidia la insistencia monotemática, léase 1) el comentario obligado en hogares, trabajos, negocios, consultorios, incluso en la vía pública; 2) la cobertura mediática uniformizada, 3) la parafernalia marketinera que montan los publicitarios para vender más… Aún cuando racionalizamos -y racionamos- el fanatismo/ fundamentalismo que despierta una competencia masiva e internacional donde la Argentina es favorita, al menos para quienes adoran a nuestro actual DT Diego Maradona y para quienes recuerdan las victorias (no las derrotas) de contiendas anteriores.
La autora de este post vivió su primer Mundial en 1978, cuando tenía cinco años y el país era sede del evento. En aquellos tiempos, muchos argentinos adultos ignoraban o se negaban a (re)conocer la existencia de centros clandestinos de detención donde se torturaba compatriotas al compás de los alaridos del relator oficial, José María Muñoz.
32 años después, quien suscribe todavía recuerda imágenes de una fiesta embanderadísima y cacerolera (en ese entonces, nadie sospechaba que décadas más tarde los utensilios de cocina regresarían a las calles para protestar). 32 años después, los integrantes de su familia sigue contando la anécdota de las felicitaciones telefónicas que les hacían llegar perfectos desconocidos, convencidos del parentesco con Daniel Bertoni.
En 1978, nuestra condición de anfitriones reforzaba el ánimo festivo. En 2010, la celebración del Bicentenario fue el primer plato de una reivindicación nacional cuyo menú también incluye postre con forma de cancha y/o balón.
Si hubiera nacido contemporáneo y argentino, tal vez Karl -¿Carlitos?- Marx habría escrito “el fútbol es el opio de los pueblos”. Pocos compatriotas le habrían dado pelota (valga la metáfora); la mayoría lo habría considerado un apátrida incapaz de disfrutar de esa argentinidad que, cada cuatro años, se convierte en unánime, fervorosa y sobre todo redonda.
Después de Italia 10/06/2010
Posted by María Bertoni in Autobombo, Visto y Oído (¡más!).11 comments
Para sorpresa de algunos compatriotas, Argentina le saca varios cuerpos de ventaja a Italia en términos de conexión online, sobre todo de servicio Wi Fi. El concepto de acceso gratuito o de bajo costo se encuentra muy poco desarrollado, tanto que 1) los llamados “Internet points” apenas asoman en zonas de gran flujo turístico, 2) salvo McDonald’s y otras contadas excepciones, no existen bares/cafés/ confiterías con Wi Fi irrestricto, 3) los hoteles de dos y tres estrellas en condiciones de ofrecer conexión inalámbrica suelen cobrar entre 2.50 y 6 euros la hora por un servicio cuya calidad deja bastante que desear.
Esta limitación técnica es una de las razones por las cuales Espectadores no pudo “transmitir” desde Italia, con perdón de la licencia radial y televisiva. La otra, más contudente, tiene que ver con la lentitud de quien suscribe para asimilar, procesar, digerir y verbalizar lo que piensa/siente mientras descubre otras tierras, respira otros aires, transita otras calles, conoce otras gentes, degusta otras especialidades gastronómicas, toma otros medios de transporte, duerme en otras camas y se baña en otras aguas.
El regreso a casa tampoco es inmediato para quien, en estas circunstancias, es víctima del destiempo entre cuerpo y alma. Sin dudas, los sentidos perciben los cambios de geografía, temperatura, gusto y olor pero la mente sigue sujeta a otro idioma, otro huso horario, otra estación del año, y a la rutina del viajero (mucho más enriquecedora que la del autómata sumido en la vida cotidiana).
De haberse publicado en su momento, las fotos de una Cinecittà deteriorada y amurallada habrían revelado el desencanto de los cinéfilos que apostamos a la ilusión de asomarnos al Hollywood italiano. La captura de la tapa del diario inmobiliario Il mattone habría señalado el falso amiguismo lingüístico entre “el ladrillo” en italiano y “el matón” en castellano, e invitado a bromear sobre la fama mafiosa de Nápoles.
Las imágenes de rincones romanos, florentinos, sorrentinos, amalfitanos, sangimignanos habrían probado la riqueza artística, cultural e histórica de Italia… como si hicieran falta pruebas. El testimonio del recorrido por el Vaticano (Basílica de San Pedro y los museos, incluida la Capilla Sixtina) habría disparado alguna polémica sobre la impresión que genera ver tanto tesoro y tanto personal de seguridad (gorilas con una apariencia similar a aquéllos que vigilan las instalaciones de la CIA) en la Santa -y cristianísima- Sede.
Sin dudas, la conducta de los turistas también habría merecido un post. Si los seres humanos somos una especie predadora, los turistas son los ejemplares más representativos en este sentido. No existe nacionalidad libre de pecado: escandinavos, alemanes, estadounidenses, franceses, españoles, orientales, latinoamericanos, indios albergan entre sus grupos y filas a individuos que invaden, arremeten, se apropian, destruyen, obstruyen, transgreden, agreden, ofenden y compran, compran, compran.
La conducta de los italianos era igualmente digna de alguna entrada, no tanto para señalar virtudes y defectos de quienes habitan la bota europea sino para fundamentar cierta teoría personal sobre la italianidad de nuestra argentinidad. De hecho, quien suscribe cree haber encontrado la respuesta definitiva e irrefutable a la pregunta sobre el porqué de nuestra idiosincrasia indisciplinada, improvisada, transgresora, chanta.
El enfrentamiento entre la Italia del Norte y la Italia del Sur evoca la tradición facciosa que también mantenemos por estos lares; las intervenciones berlusconianas emulan aquellas menemistas (o menemianas); Nápoles parece rendirles honores a uno, dos, tres, cuatro, cinco entre otros vicios porteños; los atropellos de Alitalia minimizan o relativizan la(s) ineficiencia(s) de nuestras Aerolíneas Argentinas.
A todas luces, los argentinos no descendemos de los europeos ni “de los barcos”, como sostiene el dicho popular. Los argentinos descendemos de los italianos (“del sur”, especificarán algunos).
En la memoria de esta blogger quedan grabados a fuego los vestigios del Coliseo, el Foro Romano y Pompeya, las torres de San Gimignano, el magnífico David de Miguel Ángel, la historieta santa que el mismo pintor trazó en el techo de la capilla Sixtina, el frente de la Basílica de Santa María del Fiore, el ocre de Roma y Florencia, el azul del Tirreno, los recortes de la costa amalfitana, el aroma a pan de pizza y a jazmín según el lugar, la voz del subte que anuncia “prossima fermata: uscita lato destro/sinistro” según la ocasión.
El ego nacional(ista) también señala las remeras de fútbol con la inscripción “Maradona“, la estatua dedicada a José de San Martín en los jardines de Villa Borghese, los posters de El secreto de sus ojos cuyo estreno se anunciaba para los primeros días de junio, los goles de Diego Milito a cuenta de la copa europea que ganó el Inter de Milán y, siempre en materia de fútbol, los elogios al apellido Bertoni gracias al desempeño del admirado Daniel.
A una semana desde su regreso a Buenos Aires, quien suscribe sigue asimilando, procesando, digiriendo hallazgos, impresiones, recuerdos. A modo de síntesis, este post pretende cerrar la experiencia italiana y anunciar la intención de retomar la frecuencia de actualización propia de Espectadores.
Sean pacientes, estimados lectores… De a poco, volverán las reseñas cinematográficas, televisivas y con suerte literarias.




