Un hombre serio

Con Un hombre serio, los hermanos Coen confirman su mayor virtud: nunca se repiten. Al margen del sello inconfundible que distingue su filmografía, y que la preserva de taras habituales en el cine estadounidense (o hollywoodense para ser más justos), Joel y Ethan saben evitar las historias previsibles, elegir buenos actores (en este caso los pocos conocidos Michael Stuhlbarg y Sari Lennick y el reconocible Richard Kind entre otros), confiar en la libre interpretación del espectador y cautivar con una combinación de escepticismo, sensibilidad y sentido del humor.

Para algunos esta última producción no será la mejor (cuesta igualar/superar a Fargo y Barton Fink). Sin embargo, la mayoría de los seguidores nos sentimos más cerca de estos realizadores por las coincidencias que existen entre su historia personal en tanto judíos nacidos y criados en el oeste norteamericano y el contexto que enmarca las desventuras de un profesor de física muy creyente y ¿puesto a prueba? por un Hashem nada misericordioso.

Aunque sin intenciones autobiográficas, los Coen pintan un medio, una comunidad y una religión que conocen muy bien. Entonces, así como a Woody Allen le interesó retratar la neurosis del judío burgués y neoyorkino, a estos hermanos les seduce la idea de tipificar conductas y creencias ambientadas en los años ’60 y en otra región del gran país del Norte.

No obstante, esta localización no es incompatible con la decisión de señalar la solidez de tradiciones que se mantienen intactas en el tiempo, sin importar la ubicación geográfica. De hecho, casi no existen diferencias entre la mentalidad del matrimonio que “abre” la película en un pueblo del siglo XIX en Europa central y la contemporánea familia Gopnik: ambas partes enfrentan lo absurdo de la existencia humana y de la relación con Dios de una manera similar.

La mirada crítica de los cineastas se posa especialmente sobre el status de los rabinos, sobre la rigurosidad (¿anacrónica?) de cierto ceremonial, sobre el separatismo establecido con el mundo goy, sobre la validez/pertinencia de tantas fábulas y alegorías (“una para cada problema u ocasión”, le comenta una amiga al protagonista cuando éste le cuenta sus tribulaciones).

Como en films anteriores, Joel y Ethan también retratan a la sociedad norteamericana: crisol de razas con un exponente redneck o WASP (el vecino de Larry) y oriental/coreano (el alumno y su padre), y con ciudadanos cuya corrección política esconde características non-sanctas: la intriga en el miembro del comité académico, la hipocresía en Sy, el acoso de un telemarketer de la industria discográfica.

Larry Gopnik es tan sufrido como sus antecesores Barton Fink o Ed Crane pero sin una pizca de ambición o malicia. Su propósito de vivir como hombre probo (serio) podría ser el motivo por el cual Hashem se ensaña tanto con él. Nosotros, simples espectadores, lo compadecemos y nos quedamos pensando en las múltiples interpretaciones que los Coen -siempre afectos a los antihéroes bastante desafortunados- nos invitan a suponer.

——————————————————
PD. Otras películas de los hermanos Coen, reseñadas en Espectadores:
 Quémese después de leerse.
 Sin lugar para los débiles.
 El hombre que nunca estuvo.

¿Con ganas de opinar?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s