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La mujer sin cabeza 16/03/2009

Posted by María Bertoni in Cine.
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La mujer sin cabezaQuienes todavía no vieron La mujer sin cabeza harán bien en creerles a quienes sostienen que la de Lucrecia Martel es una de las mejores películas que el cine nacional estrenó en 2008. Si además consideran que La niña santa significó un pequeño traspié en la carrera de la realizadora salteña (si no un traspié, una obra menos redonda que La ciénaga), entonces ésta es la oportunidad para reencontrarse con la precisión de un “bisturí cinematográfico” atípico en nuestro país.

Martel vuelve a pintar una aldea y, de esta manera, un mundo. Su proceder es casi antropológico; ninguna anécdota la distrae de su trabajo de campo, de una observación constante que trasciende el hecho puntual, el primer plano o plano detalle que la cámara simula privilegiar.

De alguna manera, la guionista y directora nos invita a mirar más allá. Por lo pronto, más allá del accidente automovilístico que compromete a una odolontóloga llena de dudas, miedos y culpa, y más allá de una cabeza cuyo protagonismo pasa por su cabellera (centro de comentarios, elogios y cambios) y por sus ausencias (lagunas mentales e intermitencias de conciencia).

La aldea es la pequeña vida de Verónica y su entorno; el mundo es la burguesía argentina (provinciana si nos circunscribimos al contexto salteño). El fresco pretende revelar el comportamiento de una clase acostumbrada a ser servida, a eludir responsabilidades y a borrar las marcas que pudieran desmentir su condición de “gente bien”, de conducta irreprochable.

La mujer sin cabeza comparte con sus dos antecesoras -con La ciénaga sobre todo- la recreación de un clima psico/sociológico signado por la indiferencia, la abulia, el estancamiento. La familia de Verónica se parece a la de Mecha; incluso la tía Lala interpretada por la fallecida María Vaner podría verse como una reedición, con más años y achaques, de la señorona alcohólica que Graciela Borges encarnó hace ya ocho años.

María Onetto se luce en la piel de la odolontóloga accidentada en más de un sentido. Aún detrás de una máscara en principio inexpresiva, la actriz se las ingenia para transmitir el shock, la angustia, el remordimiento, la obsesión que carcomen la mente de su personaje.

A la altura de las circunstancias, César Bordón, Claudia Cantero, Inés Efrón, Daniel Genourd y la mencionada Vaner conforman a la perfección el círculo familiar y social que gira al ritmo del silencio, la complicidad y el olvido.

Apenas estrenada la película, algunos análisis sugirieron la posibilidad de que La mujer… fuera una alegoría sobre la conducta de nuestra clase acomodada frente al terrorismo de Estado ejercido por la última dictadura militar. El paralelismo suena atinado cuando repasamos la actitud de Verónica (es decir, la decisión de eludir, silenciar, olvidar lo sucedido ) y la de su entorno (es decir, la intención de disculparlo, negarlo, ocultarlo, lavarlo, borrarlo).

Dicho esto, la fábula de Martel es irreductible a nuestro pasado reciente. Al contrario, el largometraje se destaca como retrato de un presente que a muchos compatriotas, aún hoy, les cuesta tanto reconocer.

Lluvia 14/03/2009

Posted by María Bertoni in Cine.
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LluviaComo en Perdidos en Tokio, Antes del amanecer o en la olvidada/ignorada Drôle d’endroit pour une rencontre, Lluvia narra el encuentro casual entre dos perfectos desconocidos, un hombre y una mujer. El manejo de los silencios, las actuaciones de Valeria Bertuccelli y Ernesto Alterio, la fotografía de Guillermo Nieto son los aspectos más destacables de esta película que Paula Hernández ambientó en una Buenos Aires gris, empapada y por momentos desoladora. 

Entre la igualmente recomendable Herencia y este trabajo más reciente, la directora y guionista argentina abandona un tono medianamente costumbrista para ensayar otro intimista. El cambio de registro se produce con éxito, quizás porque la joven cineasta está muy segura de lo que quiere contar.

De hecho, en Lluvia no importa demasiado de dónde vienen ni hacia dónde van los protagonistas; lo que importa es el “aquí y ahora” ficcional, el (o los) momento(s) que duran el descubrimiento y la coincidencia entre dos extraños. De ahí la relevancia de los diálogos entrecortados, de las respuestas impensadas, de los silencios prolongados.

En este sentido, el guión de Hernández impresiona como muy cuidado, incluso meticuloso. Al menos así lo sugieren la precisión de los escasos parlamentos, la compenetración de Bertuccelli y Alterio con Alma y Roberto, la pertinencia de una banda sonora acorde al clima narrativo, y la nitidez de una fotografía que burla la escasa visibilidad típica del tiempo torrencial.

A priori, cuesta encontrarle defectos técnicos a este largometraje. Lamentablemente, lo que parece un exceso de prolijidad termina enfriando la empatía que un relato de estas características debería despertar.

Aún así, Lluvia cautiva al espectador. No lo moja, mucho menos lo empapa, pero ciertamente lo invita a soñar con el instante breve en que dos extraños se descubren, se miran, se hablan, se escuchan, se aman y se dejan.

David Gilmour. Live in Gdansk 12/03/2009

Posted by Otros espectadores in Teatro/Música/Danza.
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Reseña redactada por Ariel.
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O cuando Gilmour tocó en Polonia Una constante en la carrera de Pink Floyd fue su bien lograda intención de ofrecer, junto a su música, el plus del mensaje, letras con contenido. Ya desde el álbum Dark side of the moon, pasando por Animals (feroz crítica a la desigualdad entre clases sociales y a cómo unos detentan el poder y otros sufren la opresión) hasta llegar al fenomenal The wall (todo un símbolo de la alienación y el aislamiento propios de una sociedad que nos sujeta a partir de las costumbres, la educación y el entorno familiar y afectivo en general).

Lejos de quedarse en la prédica, el grupo liderado por Roger Waters llevó su ideología arriba del escenario montando espectáculos de un alto (e importante) contenido visual y eligiendo lugares de mucha significación. Esta cualidad se hizo extensiva a las carreras individuales de los integrantes.

Así lo confirma la performance del disco The wall que Waters brindó como solista en Berlín en 1990, ocho meses después de que tiraran abajo el famoso muro que dividió a Alemania en dos. De hecho, el recital unió un pedazo de historia reciente junto a una de las obras más importantes del rock.

Tampoco es de extrañar que la última grabación en vivo de David Gilmour se haya realizado en la ciudad polaca de Gdansk. Más precisamente donde funcionaron los astilleros que dieron origen a Solidaridad, organización que el dirigente Lech Walesa ayudó a fundar en septiembre de 1980 con miras a conformar un movimiento sindical libre y autónomo del Partido Comunista.

En el primer segmento de aquel concierto, el ex guitarrista de Pink Floyd interpretó todas las canciones de su último disco de estudio, On an island. Luego prosiguió con un set exclusivamente floydiano, del que sobresale una versión de “Echoes” que nada tiene que envidiarle (ni en calidad ni en duración) al original del disco Meddle, editado en 1971.

Live in Gdansk no sólo cobra importancia por su contexto sino porque allí tuvo lugar la última actuación de Richard Wright, humilde y talentoso tecladista de Pink Floyd que falleció en septiembre de 2008, y cuya voz y manera de tocar el piano les dieron una pincelada especial a las composiciones de la banda.

Además fueron de la partida Phil Manzanera, Dick Parry (que tocó el saxo en temas como “Money” y “Shine on you, crazy diamond” en las viejas épocas) y la Baltic Philharmonic Symphony Orchestra de Gdansk.

En las disquerías pueden conseguirse desde la edición simple de dos CDs hasta una súper especial de dos CDs y dos DVDs, uno con el concierto en el astillero y otro con material extra, también en vivo. Sólo resta esperar que, en tiempos de gran afluencia de músicos extranjeros, Gilmour también visite estas tierras, así como su ex coequiper supo hacerlo dos años atrás.

Dexter 10/03/2009

Posted by Otros espectadores in TV.
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Reseña redactada por Ana.
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Dexter estrenará su segunda temporada en ArgentinaUn experto en el estudio de patrones de sangre que trabaja para la policía de Miami y, en apariencia, un hombre como cualquier otro. Pero también un asesino en serie, con un kit quirúrgico y una caja donde guarda una gota de sangre por cada víctima escondida en su casa. Ése es Dexter Morgan, protagonista (en la piel de Michael Hall) de la serie cuya segunda temporada se estrena en Argentina este 11 de marzo por FOX.

En esta oportunidad, el televidente sigue los pasos o es testigo de los dos “trabajos” del protagonista. Y no sólo porque puede ver lo que hace y cómo lo lleva a cabo, sino porque escucha los pensamientos en off (aún cuando acciones y reflexiones no van de la mano).

Harry Morgan, padre adoptivo de Dexter, no sólo detectó el instincto asesino de su hijo. También lo “programó” para matar únicamente a criminales peligrosos que eludieron la Ley o libres de toda sospecha, para actuar sin dejar evidencias, y para aparentar una vida normal.

De esta manera, el policía científico satisface su compulsión delictiva, hace justicia y se adapta a la sociedad. Por eso a veces olvidamos que, en realidad, estamos ante un asesino serial y no ante un vengador anónimo.

Así como la primera temporada ofreció una mirada general sobre la vida, el método, el entorno del personaje, la segunda explorará la posibilidad de que todo se destruya en caso de que Dexter sea atrapado.

La trama se vuelve entonces más interesante porque aumentan el suspenso y las preguntas. ¿Qué preferimos: la libertad de un asesino serial justiciero, que sólo mata a la peor escoria suelta, o su arresto por los crímenes que cometió?

Pese a lo escabrosa que pueda resultar, la serie no deja de ser una propuesta atractiva y poco usual. Como Tony Soprano, el mafioso de New Jersey y protagonista de The Sopranos, o Vic Mackey, el policía corrupto de Los Ángeles en The shield, Dexter representa a un nuevo antihéroe televisivo que nos obliga a navegar entre el odio y algo de cariño.

Astérix en los juegos olímpicos 09/03/2009

Posted by María Bertoni in Cine.
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Afiche del film de Forestier y LangmannLos lectores fanáticos de Astérix coincidirán en que la ”bande dessinée” de René Goscinny y Albert Uderzo supo destacarse, entre otras cosas, por un sentido del humor ocurrente, experto en anacronismos, y por una capacidad de síntesis a prueba de relatos indigestos y/o interminables. Curiosamente (o no), ambas virtudes brillan por su ausencia en la adaptación cinematográfica que llegó a Buenos Aires a principio de año y que desilusionó a quien suscribe, seguidora a ultranza del simpatiquísimo galo de papel.

Astérix en los juegos olímpicos es el típico ejemplo de megaproducción internacional cuya parafernalia promete mucho más de lo que su guión (vacuo) ofrece. El desequilibrio entre forma y contenido se convierte entonces en un fenómeno casi imposible de remontar, y a veces difícil de tolerar.

A priori, la película de Frédéric Forestier y Thomas Langmann cuenta a su favor con 1) una animación computada capaz de recrear al mínimo detalle los paisajes del pueblito resistente; 2) efectos especiales a la altura de los mejores golpes y caídas provocados por la poción mágica; 3) una constelación de estrellas cinematográficas (Gérard Depardieu, Alain Delon, Santiago Segura) y deportivas (Zinédine Zidane, Michael Schumacher, Tony Parker) pensada para encandilar al público farandulero.

Historietas, fuentes de inspiración desaprovechadasLamentablemente ninguna de estas tres fortalezas logra compensar -siquiera disimular- las falencias de un relato excesivamente largo, anclado en gags previsibles y actuaciones forzadas (qué lástima, José García). A lo sumo podemos festejar cuando Obélix catapulta a un romano, cuando un guepardo envenenado pierde sus manchas, cuando Bruto se “pincha y desinfla” en pleno lanzamiento de jabalinas, cuando César/Delon menciona a Rocco y sus hermanos, o cuando un centurión descubre una espada luminosa made in Star wars.

Sin embargo, al margen de estos supuestos aciertos, resulta imposible ignorar que el dúo protagónico aparece eclipsado por el triángulo que conforman Lunatix, Bruto y el gran emperador. Ni siquiera la ductilidad de Depardieu lo salva al entrañable Obélix del ocaso narrativo.

Astérix en los juegos olímpicos se inspira apenas (nótese el “apenas”) en la historieta homónima y en Astérix el galo, ejemplar que plantea el secuestro de Panoramix a manos del ejército ocupacionista. Lejos de enriquecer la trama cinematográfica, la combinación entre ambos números la extiende con alfileres, y pone en evidencia el vacío conceptual de un film incapaz de rendirle los debidos honores a una obra de veras magistral.

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