Funny ha ha August 31, 2007
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En Estados Unidos la expresión “funny ha ha” sirve para distinguir lo que es gracioso de lo que es más bien irónico, paradójico, a veces patético. “Reír por no llorar” solemos decir por estos pagos menos afectos a las onomatopeyas. Lo importante es que -cualquiera sea la expresión elegida- los seres humanos siempre podemos asumir lo absurdo de nuestra existencia con cierto sentido del humor.
Ésta podría ser una premisa válida para mirar la opera prima escrita y dirigida en 2002 por Andrew Bujalski, y recién estrenada en Argentina -en el circuito no comercial- hace escasos meses. De hecho, la película nos invita a acompañar a Marnie, joven norteamericana de clase media abatatada por la inestabilidad laboral y los avatares de un amor no correspondido.
Funny ha ha tiene un formato inspirado en los reality shows. Dicho de otro modo, los espectadores percibimos la presencia de la cámara, sus movimientos inquietos, su trabajo de seguimiento, su intención de mostrar la historia “desde adentro”. Sin embargo, a diferencia de los programas pertenecientes al mencionado género, el film no tiene intenciones de revelar episodios íntimos, triunfalistas y/o escabrosos.
Pensándolo bien, estos episodios ni siquiera existen, probablemente porque la vida de Marnie no es un experimento de laboratorio ni supone un concurso estelar. La vida de Marine es, en cambio, una vida común y corriente, atravesada por problemáticas típicas de una edad, una época y un entorno.
Dadas estas características, el largometraje es poco recomendable para quienes estén cansados de las historias “donde no pasa nada” (”nada del otro mundo”, habría que especificar), y en cambio atractivo para quienes tengan ganas de ver una producción hecha a pulmón, con chispitas de crítica social.
En pocas palabras, Funny ha ha propone el retrato de una generación cuya abulia por momentos resulta graciosa y por momentos, irritable. Algunos, quizás, corran serios riesgos de sentirse identificados.
Las palabras August 30, 2007
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Desde que leí Les mots en plena adolescencia, tengo presente aquel pasaje donde Jean-Paul Sartre confiesa haber conocido el mundo, la realidad circundante, a través de los libros. Después de leer los párrafos correspondientes, siempre imaginé al pequeño Sartre como a un entomólogo de la palabra escrita. Me parecía verlo mientras apartaba y clasificaba vocablos para luego colocarlos detrás de una vitrina, como un coleccionista de mariposas.
Otro tributo a las palabras que siempre recuerdo es la apasionada pieza elaborada por Pablo Neruda. Después de algunos comentarios suscitados por la fobia telefónica (comentarios que reivindicaron la escritura), tuve ganas de compartir el texto redactado por el célebre poeta chileno.
Que lo disfruten.
Falsa identidad August 29, 2007
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La serie británica Fingersmith -Falsa identidad en castellano- es otra prueba de que la televisión de calidad no sólo existe, sino que también puede cautivar y entretener. De hecho, este telefilm basado en la novela homónima de Sarah Waters y producido en 2005 por la BBC se destaca por un excelente manejo del suspenso, del romance, de la sensualidad, y de algunos elementos típicos del folletín clásico.
Probablemente el factor sorpresa sea el aspecto más destacado de esta producción que consta de tres episodios de aproximadamente una hora cada uno. El gran mérito de la adaptación escrita por Peter Ransley consiste en saber contar una misma historia desde dos puntos de vista fundamentales, y otro adyacente.
El cruce de las tres versiones conforman una trama signada por la intriga, el amor y el drama. A medida que avanza, el relato descubre secretos y mentiras que sacuden de una manera absolutamente genuina y legítima, sin vueltas de tuerca forzadas ni concesiones absurdas.
Eso sí. Ésta es una novela ambientada en la Inglaterra del siglo XIX, y muy ligada al género folletinesco. De ahí la utilización de ciertos condimentos dignos de las célebres hermanas Brontë o de Louisa May Alcott.
Pero atención. Fingersmith se distingue por un interesante toque contemporáneo que, por respeto a la intriga, no conviene adelantar.
Mejor tener en cuenta que, a un guión armado con inteligencia, se le suman una reconstrucción de época impecable y actuaciones de primer nivel. Entre ellas, se destacan las interpretaciones de la gran Imelda Staunton y de los jóvenes Sally Hawkins, Elaine Cassidy y Rupert Evans.
Emitida en algún momento por HBO, ahora Fingersmith puede verse vía YouTube. La serie merece otro soporte, a la altura de su calidad. Sin embargo, dada su ausencia en nuestra TV vernácula y en la mayoría de nuestros videoclubs, habrá que conformarse con la pantalla de una computadora.
La excepción, sin dudas, bien vale la pena.
Fobia telefónica August 28, 2007
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Dejando de lado las interpretaciones cínicas sobre marketing empresarial, la nueva campaña de Telecom “Recuperemos la conversación” puede resultar muy loable. O al menos muy pertinente en un mundo cada vez más sumido en el limitado lenguaje de los SMS, la mensajería instantánea y el correo electrónico. Sin embargo -estoy segura- el comunicado institucional no hace mella en quienes padecemos la (¿irremediable?) fobia telefónica.
Aquí no me queda más remedio que escribir a título estrictamente personal, con la ilusión de ser un caso extremo en la historia del mayor invento grahambelliano (mil disculpas por el neologismo). Es que, dicho mal y pronto, detesto el teléfono así como su versión más moderna, el celular.
Con esta confesión, no pretendo descalificar un aparato y un sistema que a todas luces ofrecen interesantes ventajas, especialmente cuando de urgencias y de distancias se trata. El problema aparece cuando el dichoso ring(tone) se convierte en un sonido cotidiano, omnipresente, intrusivo, avasallante.
Los síntomas de aversión se incrementan cuando la irrupción de los llamados impide el normal desarrollo de una conversación cara a cara, o cuando casi todas las noches una voz engolada -a veces grabada- pretende vendernos tal o cual servicio o candidato, o nos solicita responder una encuesta.
Y qué decir cuando un desconocido marca nuestro número por error y, al darse cuenta de la confusión, nos corta en seco sin siquiera pedirnos perdón, así sean las tres de la mañana. O cuando somos víctimas de algún colega, amigo o pariente verborrágico que nos deja la oreja y las neuronas ardiendo después de una hora -en ocasiones más- de monólogo circular.
Por otra parte, tampoco es grata la contracara de semejante saturación. Me refiero a ese teléfono o celular callado, insonoro, cómplice de quien eligió no llamarnos -por lo tanto no hablarnos- nunca más.
La fobia aquí descripta sólo se aplaca ante las gratas sorpresas de larga distancia, o ante esa único e irreemplazable tubazo añorado. El resto es abrumador ruido o implacable silencio. Dos polos difíciles de manejar.
El verano de Clara August 27, 2007
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Al margen de algunos aspectos cuestionables, El verano de Clara es una propuesta interesante en términos sociales o culturales antes que meramente cinematográficos. De hecho, ésta es una película hecha para televisión que, en contra de ciertas reticencias catódicas, se atreve a abordar el despertar (homo)sexual de una adolescente.
El telefilm que el francés Patrick Grandperret dirigió en 2002 nunca llegó a nuestras salas, mucho menos a nuestra pantalla chica. Probablemente nuestros distribuidores y gerentes de programación hayan preferido ignorarlo por temor a las reacciones adversas de un público local en su mayoría pacato e intransigente.
Es una lástima, porque el guión de Nathalie Stragier no pretende provocar, mucho menos escandalizar. Al contrario, esta producción se caracteriza por la naturalidad y el respeto con los que muestra las inquietudes, los miedos, las contradicciones, las decisiones de la protagonista.
Sin dudas, este trabajo tiene una intención pedagógica que apunta básicamente a combatir los prejuicios homófobos y a trasmitir el principio de diversidad sexual. Desde esta perspectiva, las vacaciones en un campamento para jóvenes se convierten en el contexto ideal donde ambientar las primeras experiencias amorosas típicas de la adolescencia.
A la película se le podrá achacar una excesiva prepocupación por transmitir mensajes gay friendly, y un desenlace apresurado, incluso algo forzado. Sin embargo, en parte gracias a las convincentes actuaciones de Selma Brook, Stéphanie Sokolinski y Salomé Stévenin, el saldo se mantiene positivo.
Por lo pronto, El verano de Clara sienta un buen precedente que, desde un punto de vista optimista, puede interpretarse como un avance saludable para la a veces tan estrecha mentalidad televisiva.